No, no voy a quitarme la mascarilla.
No, tampoco voy a romper la frontera de la distancia social.
He prometido dar besos castos y a lo lejos, como quien lanza las cáscaras de almendra al pozo infinito de la infertilidad.
Pero… hoy dejo de contar. Los números me abruman, saben a chicle rancio en la boca de un desdentado. A incomprensible fórmula trigonométrica en la mochila de un estudiante despistado. Al arroz quemado en una paella alemana.
Hoy dejo de contar. Le he dado tantas vueltas a los dedos que los juanetes me están suplicando clemencia. Demasiada presión para un cuerpo solo. Para una mente que está a punto de dejarse bautizar por la Santa Iglesia de los Infieles Locos.
Voy a seguir siendo obediente, lo prometo, pero hoy daré un paso adelante.
Hoy dejo de contar.
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