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Acerca de Sacra Leal

"Hacedora de versos" (lo que la RAE llama poetisa) ,maceradora de palabras en casi todos los formatos, actriz a ratos, madre en prácticas, ama de casa en contrato indefinidamente temporal... Para saber del curriculum completo peguntar sin vergüenza...Se responde a todo y, de vez en cuando, con la verdad.

"No solo mueren los seres vivos, también fallecen las ideas, los amores, las amistades y los sueños. Pero ¿en qué lugar se incinera tanto sentimiento baldío? ¿Cómo se afronta ese duelo?"

Antolín se cayó de la cama con el primer compás del despertador. Tenía la sensación de haber vivido una historia tan tétrica que hasta la garganta le sabía a azufre. 

Apenas podía definir las imágenes pero tenía una extraña sensación de familiaridad. Seres voluptuosos, cercanos y oscuros, con los incisivos recubiertos de un sarro rancio y lejano, sin embargo tan cercano. "Somos tus amigos", dijeron con la voz ronca de la arrogancia perpetua. 

A pesar de la clara y tétrica experiencia, Antolín seguía confiando, aunque algo en su corazón se había roto con el golpe.

Mientras tanto, la música sonaba intentando despertarle.

Despertarle a la vida.

Para ti, Mari Ángeles, luchadora incansable. 

Y de repente llega la oscuridad. El silencio. La palabra oculta tras los fogones de la insistente soledad. El adiós nunca dicho. Ese saludo de lejos, entre los tomates y las acelgas del mercado, entre el calor vespertino y el frío incontrolado. Las palabras colgadas entre el ladrido de los perros y ese minúsculo espacio para desear que el tiempo nos fuese largo y benévolo. 

Esta avenida, en la que las acacias se han doblegado ante el incipiente otoño de tu ausencia, llevará el nombre de tus pasos, mientras el eco de tu sonrisa seguirá balanceándose en esta eternidad bordada de manos amigas, abrazos cercanos, palabras que llevan la miel íntima de tu huella.

Jamás dijimos "adiós", siempre fue un "hasta pronto".

Buen viaje.

 

Imagen: https://cadenaser.com/emisora/2020/07/10/radio_elda/1594379931_476095.html

Hay maestros que, sin ser expertos en matemáticas, suman, restan o todo lo contrario.

Cuando J.C. entró en el aula 18 del instituto sintió una emoción extraña, no escuchaba ni un solo bostezo, ni una risotada maléfica, ni siquiera ese susurro adolescente-patético que se escapa entre la vergüenza, la apatía o la indiferencia.

Se sintió aliviado. Era lunes y no estaba para fiestas, la mezcla del aburrimiento dominguero aderezado con las declinaciones de latín habían provocado una resaca tan voluminosa que  todavía le duraba.

Ni el paracetamol, ni el serial de media tarde del domingo habían conseguido calmar la ansiedad, tampoco esa siesta sin sueño, sin pesadilla ni orinal habían logrado llevarlo al "Nirvana de la Hibernación Perpetua" (el único objetivo desde que consiguió sacar su plaza fija como profesor de secundaria).

Abrió el temario por la página XLV. Señaló con su dedo índice, de forma aleatoriamente febril,  el primer párrafo, leyó con el tono difuso y el aliento descafeinado:

-"Brevis ipsa vita est sed malis fit longior" (Nuestra vida es corta, pero se hace más larga por las desgracias), Publius Syrus. Por cierto, ya tengo vuestras notas: suspendidos, como siempre.

Cicerón levantó la mano de cadáver petrificado, y con su habitual voz ronca como de caverna enclaustrada en los siglos de la historia, sentenció:

-"Ut sementem feceris, ita metes" (lo que siembres será lo que coseches).

Anocheció en la mente perfectamente ordenada de J.C., mientras un vómito de insulso desprecio por su vocación le ahorcaba la esperanza. Quedó convertido en cenizas, las que acabaron esparcidas en el despreciado mundo de su lengua muerta.

Al contemplar tan patética escena, y alegre por el deber cumplido, Séneca sacó a pasear su lírica verborrea:

-"Si vis amari, ama" (Si deseas ser amado, ama)

No, no voy a quitarme la mascarilla. 

No, tampoco voy a romper la frontera de la distancia social.

He prometido dar besos castos y a lo lejos, como quien lanza las cáscaras de almendra al pozo infinito de la infertilidad. 

Pero...  hoy dejo de contar. Los números me abruman, saben a chicle rancio en la boca de un desdentado. A incomprensible fórmula trigonométrica en la mochila de un estudiante despistado. Al arroz quemado en una paella alemana. 

Hoy dejo de contar. Le he dado tantas vueltas a los dedos que los juanetes me están suplicando clemencia. Demasiada presión para un cuerpo solo. Para una mente que está a punto de dejarse bautizar por la Santa Iglesia de los Infieles Locos.

Voy a seguir siendo obediente, lo prometo, pero hoy daré un paso adelante.

Hoy dejo de contar

Alicia se colocó la chistera con tal delicadeza que apenas se movió ni un sólo de sus ricitos de oro. Entró en la casita de chocolate, en la que una familia de osos esperaban impacientes la llegada de Caperucita Roja. 

-El pastel que hace la Bruja, con ricas frambuesas y manzanas envenenadas, es el que más nos gusta.-dijo mamá osa con su voz de soprano aterciopelada.

Alicia no le pareció correcto que un pastel con manzanas envenenadas fuera el mejor de los manjares, sobre todo porque, según le dijo Cenicienta, las manzanas son indigestas, mucho más si se toman pasada la medianoche. Sin embargo, prefirió esperar. Según el reloj de cuco que colgaba sobre la chimenea, todavía faltaban algunos minutos para las doce, hora exacta en la que tenía que coger la calabaza rodante para ir a la fiesta de No-Cumpleaños del Príncipe Morado (de tanto darle al vino había subido un tono de color). 

Apenas pasaron unos segundos, el umbral de la casita se iluminó con la presencia de Caperucita que lucía sus mejores galas, su capa roja, repleta de purpurina y lentejuelas, conjuntaba a la perfección con los chapines de rubíes que le llevarían de vuelta a Oz. Colgada del brazo de el Lobo Feroz, hizo una reverencia, y se despidió con solemnidad:

-Colorín colorado, este cuento no ha acabado.

Así es como descubrí que dentro del caos, la imaginación obra milagros y que la prudencia es nuestra mejor compañera.