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Acerca de Sacra Leal

"Hacedora de versos" (lo que la RAE llama poetisa) ,maceradora de palabras en casi todos los formatos, actriz a ratos, madre en prácticas, ama de casa en contrato indefinidamente temporal... Para saber del curriculum completo peguntar sin vergüenza...Se responde a todo y, de vez en cuando, con la verdad.

Una nueva raza humana ha crecido a partir de la crisis del coronavirus: los niños hogareños. 

Son esas criaturas que han nacido en familias de puertas y mentes abiertas, educados en colegios de ventanas decoradas con flores y versos de Gloria Fuertes, los que acuden a todas las clases de extraescolares combinando el yoga con el teatro, el fútbol con las manualidades o el judo con la guitarra. Son los que han desterrado a Disney para convertirse en héroes y heroínas de Marvel. Los que meriendan en los parques y se lanzan al infinito desde todos los toboganes. Son los niños de la libertad y la anarquía. 

Pero, de repente... 

¿Qué fábula nos inventamos para explicar este vacío, esta ausencia, esta lejanía? ¿Dónde han quedado sus amigos, sus abuelos, la clase de matemáticas o los empujones en el patio?

En casa todo es distinto. El amor no sirve para todo, al menos a estas edades. ¿Jugamos a sobrevivir? 

Una nueva raza humana ha crecido a partir de la crisis del coronavirus: los niños hogareños. 

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En los tiempos difíciles lo más sencillo es caer en el desánimo, la rabia, el dolor y la crítica desbocada. 

Yo no soy estadista, economista, política, psicóloga, médico o sacerdotisa. Yo no soy nada. Una más dentro de la vorágine humana que sobrevive cada día ante los datos de inflación, las analíticas presupuestarias o los declives gubernamentales. No entiendo de nada. Yo no puedo tomar decisiones por otros, tampoco puedo dar consejos de materias que desconozco y, mucho menos, asumir responsabilidades que no me corresponden. 

Pero sí se de algo: en momentos de marejada todos debemos remar juntos.

¿Por qué no sumamos en vez de restar? ¿Por qué no multiplicar en lugar de dividir? Retomemos la confianza, después, en tiempos de bonanza, cuando la barca llegue a puerto, entonces será el momento de rendir cuentas, pedir responsabilidades y preguntarnos, a nosotros mismos con toda la honestidad posible: ¿qué hubiera hecho yo ante la tormenta?

Es momento de avanzar. ¿Sumamos?

Para mis amigos Concha y José Joaquín, con los que me gusta comer y reír a partes iguales.

Estar en casa tiene algunas ventajas maravillosas y demasiados inconvenientes tremebundos.

Estamos en familia, el amor alejado nos acerca, nos previene del virus y nos alienta el deseo de futuro. Bordamos sueños nuevos, limpiamos los altillos que no sabíamos que existían  y jugamos al parchís con diez dados y fichas descoloridas, incluso nos hemos inventado un bingo con nombres de poetas.

Pero el día tiene 24 horas. El frigorífico 2 puertas y  la despensa no tiene candado.

El aburrimiento, según se calcule, alcanza las dos mil calorías por minuto.

Para compensar echamos mano de la creatividad, cocinamos recetas saludables: bizcochos de coco, natillas con canela y galleta o tarta de manzana con crema de vainilla. Almíbares varios, suculentas torrijas (que para eso se acerca la semana santa) y una buena dosis de chocolate que, según indican los más sabios, sube el ánimo y aleja la apatía.

Ya lo dijo la gran Virginia Woolf: "Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien". 

Nos vemos después del "confitamiento".

Los teatros se han quedado silenciados. Hay un eco de bambalinas gimiendo sobre el telón decapitado y mortecino. Las butacas sollozan una soledad de siglos y los palcos se aglutinan buscando el abrigo de la platea. 

Ya no hay rumor de pasos sobre el entablado del escenario, ni un violín sonando en el foso de la orquesta, ni esa luz primigenia devorando el rostro con un amanecer de ocasos infinitos. Sólo hay silencio. Un silencio de abedules miméticos sobre una escenografía ausente.

El teatro se ha quedado sin voz, sin cuerpo, sin el abrazo magistral del público, sin la eucaristía del aplauso, sin la bendición  magnánima del deseo hecho arte, del arte hecho cielo.

La vida ha hecho mutis por el foro.

Jake no entiende que, de repente, todos estemos en casa. Es como si la familia de los domingos por la tarde se hubiera quedado estática en el calendario. Ahora ocupamos su sofá las 24 horas, no le damos tregua para el silencio o le abrazamos desesperadamente como si en ello nos fuera el amor, la vida, o ambas cosas. Él no sabe que es el único que está libre de este mudo tormento que nos habita.

Ya no ladra por la ventana a los niños que van al colegio cargando sus mochilas y sus bocadillos de nocilla. Porque en las calles no hay niños. Tampoco se encarama, desafiante de ternura, a las rodillas de los abuelos, a los que regala un ladrido de complaciente alegría. Porque en las calles tampoco hay abuelos.

Jake no entiende por qué, de repente, el mundo ha cambiado tanto. Jake es un perro. Desconoce que su corazón limpio es el único que se libra de esta soledad impuesta, de este holocausto de vanidades humanas en el que todos naufragamos a la deriva de un futuro incierto. Quizás sea verdad que sólo los perros merecen ir al cielo.