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"No solo mueren los seres vivos, también fallecen las ideas, los amores, las amistades y los sueños. Pero ¿en qué lugar se incinera tanto sentimiento baldío? ¿Cómo se afronta ese duelo?"

Antolín se cayó de la cama con el primer compás del despertador. Tenía la sensación de haber vivido una historia tan tétrica que hasta la garganta le sabía a azufre. 

Apenas podía definir las imágenes pero tenía una extraña sensación de familiaridad. Seres voluptuosos, cercanos y oscuros, con los incisivos recubiertos de un sarro rancio y lejano, sin embargo tan cercano. "Somos tus amigos", dijeron con la voz ronca de la arrogancia perpetua. 

A pesar de la clara y tétrica experiencia, Antolín seguía confiando, aunque algo en su corazón se había roto con el golpe.

Mientras tanto, la música sonaba intentando despertarle.

Despertarle a la vida.

Para ti, Mari Ángeles, luchadora incansable. 

Y de repente llega la oscuridad. El silencio. La palabra oculta tras los fogones de la insistente soledad. El adiós nunca dicho. Ese saludo de lejos, entre los tomates y las acelgas del mercado, entre el calor vespertino y el frío incontrolado. Las palabras colgadas entre el ladrido de los perros y ese minúsculo espacio para desear que el tiempo nos fuese largo y benévolo. 

Esta avenida, en la que las acacias se han doblegado ante el incipiente otoño de tu ausencia, llevará el nombre de tus pasos, mientras el eco de tu sonrisa seguirá balanceándose en esta eternidad bordada de manos amigas, abrazos cercanos, palabras que llevan la miel íntima de tu huella.

Jamás dijimos "adiós", siempre fue un "hasta pronto".

Buen viaje.

 

Imagen: https://cadenaser.com/emisora/2020/07/10/radio_elda/1594379931_476095.html

Para Nacho

La luz vuelve a la luz con el silencioso estallido de una burbuja de humo que retoma el camino de vuelta a casa.

Se hace presencia visible en la corolas de la memoria, mientras hilvana pétalos sobre las mantas alfombradas por la ausencia.

La luz teje con agujas de plata sobre el vértice de una luna virginal y voluble.

Pero aquí sigues tú, recién vestido con los tules de la lluvia, de la lluvia enamorada -mitad corazón, mitad brisa-. Y el mar, al fondo, tras las colinas, con su fidelidad precisa de arena blanca y caracolas limpias. 

Te está esperando: Luz de amor, luz de agua.

La luz vuelve a la luz. Espéranos.

 

Te quiero Jose, amigo.

Ser un ente social tienen sus ventajas y, también, sus inconvenientes.

Si colocamos la balanza, siempre ganará el positivo optimismo del roce social, el amor fraterno y la empatía, a veces inventada, que nos abre los poros emocionales del corazón. 

No lo vamos a negar: somos seres racionales, emotivos y, en la mayoría de casos, bastante hipócritas.

Pero más allá del abrazo, el beso o el saludo matutino, ha llegado a nuestras vidas: la amistad virtual. Es decir, ese lugar de reunión anodino en el que los seres a los que conoces, o crees conocer, y que incluso te parecen simpáticos, emotivos y entrañables, se convierten en auténticos monstruos defendiendo consignas imposibles, guerras arcaicas o culturas subyugadas al martirio y sufrimiento del resto.

Lo confieso: en el mundo real soy una cobarde, pero en el virtual me he convertido en una kamikace, he iniciado un holocausto-amistoso-virtual. No discrimino por color, sexo, ideología o falta de afecto. Sólo tengo una frontera: el respeto.

Después de tanta soledad me he dado cuenta que hay ventanas que ya no merecen estar abiertas.

Para Pily González, por tantos años y tanto cariño

Me gusta abrir el buzón. Su boca honda, como un pozo de inagotables enigmas, siempre me ofrece recuerdos maravillosos. Cuando le miro, es como si viajara a un pasado que me resulta tan lejano como íntimo, tan cercano como emocional, tan creativo como misterioso.

Disfruté de mi juventud rodeada de folios en blanco. Una Olivetti naranja, perfectamente equilibrada, y una legión de bolígrafos bic con la tinta tan azul como el cielo que se filtraba por mi ventana. Fui una joven solitaria, amante de los versos, las cartas y la música clásica. Un indecente espécimen de los años ochenta.

Y las cartas volaban de buzón en buzón, como corazones flotando en la inmensa geografía de nuestras soledades. Eran las cartas de la luz, de la sombra inesperada, del secreto y la sorpresa, del propio descubrimiento de la voz hecha tinta.

Me gusta abrir el buzón y encontrar una carta con tu remite.