Saltar al contenido

Para Nacho

La luz vuelve a la luz con el silencioso estallido de una burbuja de humo que retoma el camino de vuelta a casa.

Se hace presencia visible en la corolas de la memoria, mientras hilvana pétalos sobre las mantas alfombradas por la ausencia.

La luz teje con agujas de plata sobre el vértice de una luna virginal y voluble.

Pero aquí sigues tú, recién vestido con los tules de la lluvia, de la lluvia enamorada -mitad corazón, mitad brisa-. Y el mar, al fondo, tras las colinas, con su fidelidad precisa de arena blanca y caracolas limpias. 

Te está esperando: Luz de amor, luz de agua.

La luz vuelve a la luz. Espéranos.

 

Te quiero Jose, amigo.

Ser un ente social tienen sus ventajas y, también, sus inconvenientes.

Si colocamos la balanza, siempre ganará el positivo optimismo del roce social, el amor fraterno y la empatía, a veces inventada, que nos abre los poros emocionales del corazón. 

No lo vamos a negar: somos seres racionales, emotivos y, en la mayoría de casos, bastante hipócritas.

Pero más allá del abrazo, el beso o el saludo matutino, ha llegado a nuestras vidas: la amistad virtual. Es decir, ese lugar de reunión anodino en el que los seres a los que conoces, o crees conocer, y que incluso te parecen simpáticos, emotivos y entrañables, se convierten en auténticos monstruos defendiendo consignas imposibles, guerras arcaicas o culturas subyugadas al martirio y sufrimiento del resto.

Lo confieso: en el mundo real soy una cobarde, pero en el virtual me he convertido en una kamikace, he iniciado un holocausto-amistoso-virtual. No discrimino por color, sexo, ideología o falta de afecto. Sólo tengo una frontera: el respeto.

Después de tanta soledad me he dado cuenta que hay ventanas que ya no merecen estar abiertas.

Para Pily González, por tantos años y tanto cariño

Me gusta abrir el buzón. Su boca honda, como un pozo de inagotables enigmas, siempre me ofrece recuerdos maravillosos. Cuando le miro, es como si viajara a un pasado que me resulta tan lejano como íntimo, tan cercano como emocional, tan creativo como misterioso.

Disfruté de mi juventud rodeada de folios en blanco. Una Olivetti naranja, perfectamente equilibrada, y una legión de bolígrafos bic con la tinta tan azul como el cielo que se filtraba por mi ventana. Fui una joven solitaria, amante de los versos, las cartas y la música clásica. Un indecente espécimen de los años ochenta.

Y las cartas volaban de buzón en buzón, como corazones flotando en la inmensa geografía de nuestras soledades. Eran las cartas de la luz, de la sombra inesperada, del secreto y la sorpresa, del propio descubrimiento de la voz hecha tinta.

Me gusta abrir el buzón y encontrar una carta con tu remite.

1

Va por ti:  Clarisa, Bárbara,  Maite, Javi, María José, Antonio, Rafa, ... por todos y muchos más.

A menudo olvidamos que somos seres frágiles. Tan frágiles como un botón de salvia que se abre paso entre la primavera para llegar a ser flor. Flor perecedera. Ignorada en la eternidad de los jardines eternos. Pero la eternidad no existe salvo en las manos fieles del jardinero.

Gracias por traer la primavera en estos momentos de glaciares inmensos.

Gracias por por regalar la huella, el aliento, la mirada, el paciente discurso del silencio, la cálida emoción del abrazo presentido.

Gracias por la permanencia. Gracias por la resistencia, por la lucha y el latido.

Gracias por ser nuestros jardineros.

Gracias por vuestra vida.

                     Para vosotros, que ya sabéis quienes sois
Los amigos son los amigos y es una estupidez intentar evitarlos.
Son esos seres que están ahí, alentándote el verano, escondiéndose detrás de una palabra o dando el beso justo cuando, al atardecer de los domingos, tienen que limpiarte los mocos del olvido, la putrefacción de la tristeza o esa baba de melancolía y añoranza que se cuela por las cloacas de la tristeza.
Son seres inmundos porque dan mucho y piden poco. Los que desconocen el límite del cielo y el infierno. Los que siguen tejiendo, como Penélopes incansables, la telaraña fugaz de los días iguales, el mantel desconchado del estambre y el hilo.
Los amigos, los verdaderos, se limitan a ser eso: amigos. El resto solo es un tránsito poblado de palabras encaramadas en las íntimas cimas de la memoria sin velo.