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                     Para vosotros, que ya sabéis quienes sois
Los amigos son los amigos y es una estupidez intentar evitarlos.
Son esos seres que están ahí, alentándote el verano, escondiéndose detrás de una palabra o dando el beso justo cuando, al atardecer de los domingos, tienen que limpiarte los mocos del olvido, la putrefacción de la tristeza o esa baba de melancolía y añoranza que se cuela por las cloacas de la tristeza.
Son seres inmundos porque dan mucho y piden poco. Los que desconocen el límite del cielo y el infierno. Los que siguen tejiendo, como Penélopes incansables, la telaraña fugaz de los días iguales, el mantel desconchado del estambre y el hilo.
Los amigos, los verdaderos, se limitan a ser eso: amigos. El resto solo es un tránsito poblado de palabras encaramadas en las íntimas cimas de la memoria sin velo.

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A las buenas amigas se les conoce porque huelen distinto: pan recién tostado en los fogones de la esperanza, almendra que cae como polvo de luna sobre los flanes del viento o vainilla cernida en los alambiques del olvido.
Las buenas amigas se reconocen y cantan las melodías antiguas en las que las ninfas se enamoran de los juncos hendidos por la luz, mientras hacen cabriolas más allá del níveo tránsito del llanto. Tañen laúdes con la voracidad de un eco que renombra el tibio sol de la primavera lejana.
Las buenas amigas nunca se echan de menos porque siempre están presentes a pesar de la distancia, se intercambian los ojos, apenas tejidos en las ruecas del viento, y aprenden a volar sobre los mismos valles que las encontraron dormidas en las cuevas del deseo.
A las buenas amigas se les encuentra siempre sonriendo más allá de los labios, mucho más lejos del propio latido, virginalmente inmersas en la hoguera incorrupta donde crepita la ígnea voluntad del beso inmenso.
Son océanos y lagos, inabarcables islas de enamoradas colinas, ignotos continentes sobre los paisajes edénicos de la memoria colectiva del mundo.
Y todo esto lo sé porque, las buenas amigas, me lo contaron una noche de agosto, ebrias de luna, mientras una cortina de estrellas fugaces las coronaba bajo el frágil contoneo de la cornisa celeste.