Saltar al contenido

Treinta y ocho días de confinamiento dan para mucho. El recuerdo se asoma desde las vasijas de la esperanza, mientras va ocupando las sillas vacías que claman una sinfonía de presencias cotidianas.

Recuerdo aquel primer día que me propusieron este reto. No creí que fuera capaz, pero mi amor por el teatro y la necesidad de compartirlo, hicieron que me lanzara con esperanza y sin red, con alegría y temor, con la ingenua soberbia que te ofrecen las aventuras inesperadas.

Hace ya algunos años, los suficientes para haber conseguido crear una nueva familia.

Os echo mucho de menos. 

Cuidaros mucho,  arroparos con el telón de la esperanza, dejaros invadir por la luz de las candilejas mientras el mundo hace mutis por el foro.

Nos vemos al finalizar este intermedio.

Los teatros se han quedado silenciados. Hay un eco de bambalinas gimiendo sobre el telón decapitado y mortecino. Las butacas sollozan una soledad de siglos y los palcos se aglutinan buscando el abrigo de la platea. 

Ya no hay rumor de pasos sobre el entablado del escenario, ni un violín sonando en el foso de la orquesta, ni esa luz primigenia devorando el rostro con un amanecer de ocasos infinitos. Sólo hay silencio. Un silencio de abedules miméticos sobre una escenografía ausente.

El teatro se ha quedado sin voz, sin cuerpo, sin el abrazo magistral del público, sin la eucaristía del aplauso, sin la bendición  magnánima del deseo hecho arte, del arte hecho cielo.

La vida ha hecho mutis por el foro.

Nuestra vida está llena de canciones, de músicas que van hilvanando un mundo de emociones que quedan latiendo a lo largo de nuestra historia.
Esta pertenece a mi infancia. Pero también a mi madurez.
En la primera etapa me la descubrieron las monjas de mi cole en un titánico intento por convertirme, definitivamente, a la fe.
En la segunda etapa me la resucitaron mis compañeros de teatro en un hermoso viaje al centro de la improvisación vital.
En ambos casos sigo naufragando, especialmente en el de la fe.

2


"Vendréis hasta aquí, mortales,

dejando este mundo ruin,
aquí encontraréis el fin
de los bienes y los males.
Desde los más principales
al pobre que con la azada
se gana un pan de cebada.
Desde el más sabio al más tonto
aquí llegaréis muy pronto
reducidos a la nada."