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LOS SUEÑOS

Es imposible cerrar los ojos a los sueños. 
Los sueños conscientes, reales, palpables. 

Sueños que dejan de ser humo para convertirse en luz, 
vida y materia tangible. 

Ellos nos guían. 

Se acomodan en el alma con su urdimbre de seda,
tan liviana y azul, tan mágica, tan poéticamente libre,
tan fugazmente eterna.

A través de los sueños rozamos la eternidad, 
la mínima eternidad que regala un beso lanzado al aire
sin necesidad de retorno.

Somos seres racionalmente dormidos,
alocadamente despiertos.
Somos el hilo desprendido de una esperanza que huele a eterna primavera.

LA ESPERANZA

Si perdemos la esperanza sólo nos queda morir.

Morir así, como lo hacen las violetas: de puro hastío primaveral, letal sobredosis de alegría sin motivo.

Pero morir voluntariamente a estas alturas de incertidumbre no quedaría bien.

Sigo aferrándome a ella, a su delicada epidermis de mujer herida, escamada y taciturna, tejida sobre el telar de lágrimas de todas las luces que me precedieron.

Si perdemos la esperanza sólo nos queda dormir.

Dormir sobre la urdimbre desolada de los sueños muertos.

Reflexión de sábado


A veces siento que no me siento.
Las pestañas balancean un rastro infame de olvido,
decaen en la ingravidez de la tristeza,
se vuelven huracanes desprendidos de la desmemoria,
el último vestigio de la esperanza.
He tocado fondo.
Ahora la vida es otra cosa.
Hay que nacer de nuevo.
Cada día, cada instante.
Volver al embrión con la luz de la vida nueva.
No ser.
Respirar.
Renacer más allá del conocimiento y la memoria.

La infancia perdida

Su destino era de pluma, de eternidad etérea y enamorada.
De grácil transparencia lírica.
Por eso cuando me pidió abrir la puerta, con la mirada puesta en el infinito, las alas recién planchadas para el viaje de las estrellas, le dije que no se olvidara la sonrisa ni la maleta de caricias azules y que esa puerta quedaba abierta para siempre porque la llave la había tirado al pozo de la esperanza.
Su destino era la luz,
mientras yo sigo buscando, todavía, mi tímida lámpara.

Poema imperfecto para dos niños con alas

 

                                 Para Diego y Daniel, en su segundo cumpleaños

He acabado sembrando piruletas bajo una seta de chocolate,
escarchando de azúcar la mejilla de la luna
y rebozando de algodón las copas de los árboles
que se mueren de envidia al calor de vuestras risas.
En la mesa ya tengo preparada una fuente de canela lírica,
fresones que se mueren de vergüenza al veros devorando
la nata nívea de los días azules
sobre el impertinente tránsito del calendario.
Es la eternidad hecha caballito de madera,
la duda y el olvido conjugándose en un puzzle
de redondeadas aristas enamoradas,
y esa oronda geografía de la pelota hecha cabriola
sobre la selva ignota de los parques vacíos.
Mirad como se ha llenado de hadas transparentes el horizonte y la lluvia,
como suenan vuestros nombres más allá de la piedra,
como, a pesar de los pozos y el llanto,
la luz sigue emergiendo desde las corolas intactas de la primavera.
Es la explosión de la vida que ocupa vuestros ojos
y desborda las alacenas pletóricas de miel enamorada.
Pero ya es la hora,
plegad vuestras alas,
lavaros las manos
y sentaros a la mesa,
hoy el menú sabe a esperanza
y el postre tiene las raíces inmortales de vuestra memoria.

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