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Hemos venido a reírnos del mundo y su memoria.
A dejarnos llevar por el flujo sanguíneo de la vida que brota en cada segundo preciso e irrepetible.
Hemos venido a ser mortales y, por lo tanto, frágiles como un suspiro.
Nos vamos con la lentitud precisa de un llanto sin dueño.
Con la velocidad exacta de una carcajada hueca.
Con el quebradizo susurro de esa herida eterna que no deja de manar la hiel de los días sin luz.
Quiero pensar que solo es un viaje de vuelta a la esperanza.
Quiero pensar.
Quiero.

En el tímido cabalgar de los días iguales,
la costumbre se instala como una purpúrea culebrina de ingenuidad contundente.
Un aroma a verbena recién desbordada,
inusitadas cabalgatas de hipocampos celestes,
hórreos desbordando el grano de la fértil madreselva.
Todo,
todo se envuelve en la nada del febril tránsito del tiempo
en el que seguimos siendo una eternidad efímera
entre el holocausto tétrico de los dioses muertos.

la muerte

                                                 Versos para Raquel
El misterio de las fuentes enmohecidas.
La soledad del cuervo y el olvido.
La perseverancia de la guadaña sobre el ocaso del mundo.
Y las viejas fotografías
incendiando brasas de silencio permanente.
Luego el túnel.
El llanto.
El agujero fugaz de la memoria baldía.
Y este sendero de impermeables ausencias.
Te vas con la celeridad de los días iguales
sabiendo que, pese a todo,
la vida permanece más allá de este incompresible,
insistente y descabalado calendario.

No quiero ser guardián de tu memoria.
Ni de la mía tampoco.
No quiero recordar.
Ya casi he olvidado.
Apenas una brizna en el eco lejano de la retina.
Estoy eternizándome sobre la sangre del llanto.
Soy.
Existo.
Respiro por los poros de la luz y la sorpresa.
Acabo de nacer y, por eso, muero.
No me rescates.
Déjame ir como si todo se acabara en el último aliento de una despedida sin norte.

Mis sueños siguen siendo más grandes que mis pesadillas.
Mi esperanza más voluminosa que mi desengaño.
La luz sigue alumbrando, pese a los días de lluvia,
este tibio espacio en el que me desperezo de la desidia.
Soy libre más allá de yo misma y mis contornos.
Me siento purificada en la belleza que transita
las rotondas de la gente sencilla
y aún tengo los bolsillos amplios, desbordados de rotos,
pero con las golosinas justas para el camino.
Soy una superviviente de mi misma.
Estoy redimida.
La manzana es pasado.
Por eso ahora, con vuestro permiso,
voy a tomarme el elixir de los duendes y los trasgos.
Os invito, en la pureza de la espera, a una desenfrenada sidra.