Saltar al contenido

elviento
No podemos negar que el gran protagonista de esta invierno es el viento. Ese que ha hecho volar tejados, melenas y memorias, que nos ha despeinado la conciencia y ha enredado farolas y palmeras en un baile singular de paisajes encontrados.
Es ese viento que viene, de vez en cuando, a arremolinarnos la esperanza y a traer latidos nuevos donde se había instalado el puro conformismo del complaciente diario. El viento arrebatador y profano, el que golpea ventanas para despertarnos del íntimo sueño de las verdades a medias, el que nos azota inclemente, más allá del terco hermetismo de una historia que yace en las páginas mugrientas de los infelices periódicos.
Más allá de los Apocalipsis inventados, de los Armagedones televisivos o de los Holocaustos persistentes, la propia esencia vital de la naturaleza viene a darnos un toque de atención, una palmadita en la conciencia, una palabra hecha aire para recordarnos la única obligación de todo ser humano: ser feliz.
Así que dejemos que venga, que nos envuelva como a niños recién nacidos y dispongámonos a vivir hoy lo que nunca antes habíamos aprendido, que cada día es nuevo, y cada segundo el principio y fin de una eternidad.

Si te asomarás al crepuscular silencio que habita mis venas
podrías contemplar la orquídea desnatada que alienta los silencios,
el tímido sendero de sanguíneas avenidas
sembrado de olvido por los íntimos costados.
Un páramo desierto donde la esperanza naufraga
en el barlovento lírico de la vida fugaz, enigmática y diáfana,
ascua de lluvia que remansa verdades a medias
sobre un ígneo despertar de bocas hambrientas.
Si quisieras mirar más allá de mis ojos,
si quisieras...
si yo te dejara...

Su destino era de pluma, de eternidad etérea y enamorada.
De grácil transparencia lírica.
Por eso cuando me pidió abrir la puerta, con la mirada puesta en el infinito, las alas recién planchadas para el viaje de las estrellas, le dije que no se olvidara la sonrisa ni la maleta de caricias azules y que esa puerta quedaba abierta para siempre porque la llave la había tirado al pozo de la esperanza.
Su destino era la luz,
mientras yo sigo buscando, todavía, mi tímida lámpara.

Todo es sencillo porque nada perdura para siempre.
El universo entero cabe en un huevo.
Un huevo que acaba convirtiéndose en tortilla
y que aplaca el único hambre al que aspiramos:
sobrevivir más allá de nuestros propios enigmas.