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AC/DC

Me encanta encontrar coincidencias. Aunque siempre he pensado que lo fortuito no existe, es como si el universo lo pusiera en nuestro camino para alertarnos, divertirnos o, simplemente, cuestionar nuestra supremacía frente a lo desconocido.

También me gusta jugar a las siglas. Esas letras que parecen encontrarse en un lugar sin sentido, como jugando en el parque de atracciones de un diccionario obsoleto y mal intencionado.

Me gusta creer que las letras me acompañan y algunas, coincidente o no, siguen encendiendo pequeños candiles en mi memoria.

Me gusta la historia. Pronto empecé a intuir lo que era AC (antes de Cristo) y DC (después de Cristo). La supremacía excelsa de un imperio.

Recién entrada la juventud, con necesidad de trabajar y siendo empleada de una empresa de electrónica, aprendí a distinguir la AC (corriente alterna) y DC (corriente continua). Y puestos a desear, habría estado perfecto ser una empleada «legal».

En la soledad de una pandemia sorpresiva, he vuelto a encontrar otra coincidencia. Quizá tan temprana como desconocida. AC (antes del Covid) y DC (después del Covid). Supongo que esto lo reflejarán los libros de historia siglos después, cuando yo sólo sea algo menos que una nada gravitando en el olvido.

Pero, entre todas las AC/DC de mi vida, si me dan a elegir, lo tengo muy claro.

LA VACUNA, LA VIDA, LA ESPERANZA

De repente la vida nos dio un empujón. Apenas nos dejó el único aliento de la supervivencia. Nos creímos inmortales, seres supremos, pero nuestra propia fragilidad nos delató. Quedamos abandonados en el desierto de la incertidumbre. Se cerraron las puertas. Se bajaron las persianas. Y solo la Naturaleza pudo respirar con su propia luz enamorada.

Han sido muchas las voces que han quedado calladas, por siempre, desde aquel sorpresivo marzo. Muchos los corazones sin latido, soterrados en la soledad de una incógnita voraz y silenciosa. Demasiada luz perdida en el oxígeno permeable de un olvido nunca eterno. Demasiados adioses sin piel, sin abrazo, sin beso.

Sin embargo, la vida nos da una nueva oportunidad. Llega la vacuna y, con ella, la esperanza.

Me gusta vivir. Hoy he firmado la renovación de mi contrato vital.

EL CORAZÓN

Y ahora, ¿Qué hacemos con el corazón?

Podemos guardarlo en una botella, en una botella pequeña de esas que atesoran barcos sin naufragio, mínimas madreperlas con sabores dispersos, malecones azulados en la inmensidad acuosa de un recuerdo impreciso.

El corazón sabe nadar y sobrevive a la propia emoción del instante, al segundo pertinaz de una herida no presentida.

Ese corazón que atesora el debe y el haber de nuestra historia y permanece mudo, perfectamente tímido tras su estructura impertérrita de natural relojería.

El corazón sabe nadar y se libra de cualquier naufragio. Siempre encuentra la superficie. La playa perfecta. La luz.

FALLECÍ AYER

Fallecí ayer. No me di cuenta. El caso es que pasé todo el día como desmemoriada, excesivamente eufórica, catatónicamente imperfecta. Un síndrome agudizado de mi propia naturaleza ecléctica y pragmática.

Era yo en la misma esencia del olvido, o quizás el recuerdo fugaz de un pensamiento caduco y mortecino. Lo cierto es que fallecí ayer. Acababa de cumplir los cincuenta y siete. Mayo cerraba su última ventana. Huele a asfalto y madreselva.

He cumplido mi promesa de vivir hasta el límite sibilino de mi conciencia. Solo he dejado una tarea pendiente: escribir mi epitafio.

He decidido volver. Esperadme.

LOS LUNES

Me gustan los lunes. Saben a cumplimiento vital de la rutina. A luz repetida en los cristales insomnes. A caldo de pollo con verduras recién arremolinadas en una olla fugazmente mortecina.

Me gustan los lunes. Estos lunes de primavera azulada sobre un calendario que no detiene su vuelo, su trepidante galopar a lomos de tormentas fugaces, minúsculos desazones que te empujan al calvario de los olvidos huecos. Sin embargo, tras este incipiente silencio, un jolgorio de lluvias enamoradas aletean sus alas aguosas como llamando a la esperanza, al eterno deseo de vivir.

Me gustan los lunes porque saben a cerezas, y son redondos, y abren el paso a una vida nueva, y tienen el vigor justo para ascender todas las cumbres de la semana.

Me gustan los lunes pero mucho más a tu lado.

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