Saltar al contenido

Como si fuera lunes. He madrugado. Me he aseado y vestido para salir al trabajo. 

El teléfono móvil estaba cargado.

En el bolso nada faltaba: mi agenda,  dos bolígrafos, las llaves, un carmín para no desfallecer la sonrisa y la cartera con algunas monedas, suficientes para la necesidad del día. La documentación y unos cuantos caramelos de menta.

El café descafeinado pero intenso. La tostada crujiente con su aceite de oliva virgen. Y unas pocas nueces para la mañana.

Me he vuelto a mirar al espejo, con el asombro del que se descubre, un día más, frente a la vida.

Hoy llueve, he cogido el paraguas.

Al salir al balcón he sonreído con la ingenuidad de una adolescente que acaba de encontrar su primer amor.

Hoy tampoco saldré de casa.

                                                                              Para Ángel Hernández y María José Carrasco

Si alguna vez me sientes muerta,
déjame ir.
Si he muerto y no me he dado cuenta,
déjame ir.
Si me apetece morir,
me hastía vivir
o me aburre la propia existencia,
déjame ir.
Déjame ir porque necesito ver en tus ojos
el amor en la pura libertad de ser y elegir.
Si no te reconozco ni me reconoces.
Si tu nombre ya no sabe a piedra, yerba, ni siquiera a asfalto.
Si los calendarios se reducen a números escuálidos,
redondos enigmas de cifras incomprensibles,
déjame ir.
Déjame ir con la eternidad frágil
de esos ángeles que piden descoser sus alas
cuando la vida se vuelve desfavorable para el aliento.
Déjame ir.
Ayúdame a ir.

También para ti, querido Alberto Cortez, espérame. Gracias por tanto.

Foto | El Periodico

Aunque es una canción que todos conocíamos, al menos los de nuestra generación, desde hacía mucho tiempo, hoy ha vuelto a mi vida para darme un pellizco de alegría.
"Me diste tu palabra", estrenada en el Teatro Castelar el 15 de junio de 2013 por el grupo de teatro Zis-Zas de la Asociación de Alumnos CFPA Antonio Porpetta de Elda.

elviento
No podemos negar que el gran protagonista de esta invierno es el viento. Ese que ha hecho volar tejados, melenas y memorias, que nos ha despeinado la conciencia y ha enredado farolas y palmeras en un baile singular de paisajes encontrados.
Es ese viento que viene, de vez en cuando, a arremolinarnos la esperanza y a traer latidos nuevos donde se había instalado el puro conformismo del complaciente diario. El viento arrebatador y profano, el que golpea ventanas para despertarnos del íntimo sueño de las verdades a medias, el que nos azota inclemente, más allá del terco hermetismo de una historia que yace en las páginas mugrientas de los infelices periódicos.
Más allá de los Apocalipsis inventados, de los Armagedones televisivos o de los Holocaustos persistentes, la propia esencia vital de la naturaleza viene a darnos un toque de atención, una palmadita en la conciencia, una palabra hecha aire para recordarnos la única obligación de todo ser humano: ser feliz.
Así que dejemos que venga, que nos envuelva como a niños recién nacidos y dispongámonos a vivir hoy lo que nunca antes habíamos aprendido, que cada día es nuevo, y cada segundo el principio y fin de una eternidad.