Bienvenidos al hogar de mi alma

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3 DÍAS DESPUÉS DE NAVIDAD

¿Son los bomberos?… Necesito ayuda, por favor.

Hace tiempo que siento unos terremotos internos que no sé bien como gestionarlos.

Es como si la espita de mi alma se me hubiera atascado o la válvula de escape andara atorada por los poros de la alegría.

A menudo parece que quiero llorar pero solo consigo hacerlo hacia adentro, con la sonrisa fundida en el grotesco gesto de una esperanza incrédula y descrecida.

Han sido unos meses turgentes de desdichas, de silencios y bocanadas de sombras. Alfileres punzando sobre las tardes derretidas en ceniza.

Y de repente parece que va a llover. Y que la lluvia limpia y purifica.

Pero solo es un atisbo de tormenta. Otra más que aviva el fuego del dolor. Y hay días que ya no puedo más con tanta llama ardiendo.

Y aún me pregunta que por qué les llamo a ustedes ¿Dónde pido ayuda si no?

2 DÍAS DESPUÉS DE NAVIDAD

Ya toca ir rellenando la lista de propósitos para el año nuevo. Propósitos que parecen factibles pero que a lo largo del calendario se vuelven inalcanzables.

Enero es el momento ideal para inflar la esperanza. Abrir las ventanas hacia la fragilidad del futuro. Dejarse llevar por ese impulso irracional de creer en lo imposible.

Sin embargo, y conforme va transcurriendo el año, la realidad se impone, horada en la ilusión, se convierte en la sibilina amante de los días agridulces.

Ella es la que va poniendo zancadillas a la luz, tira piedras al ventanal de la alegría y le pone nombre al oscuro silbido del silencio.

Y sin embargo, y a pesar de todo, merece la pena seguir caminando.

1 DÍA DESPUÉS DE NAVIDAD

-Perdone señor doctor, desde hace unos días noto un profundo dolor en la sien. Debe ser que se ha atascado esa vena que va de la mente al corazón.

-¿Celebró la nochebuena?

-Un poco, lo justo para cumplir con la tradición y me permitió la pandemia.

-¿Tocó la pandereta?

-Solo en el estribillo.

-¿Está inmunizada contra el sarampión? ¿Le gusta el jengibre? ¿Moja pan en la fabada? ¿Conoce algún agaporni que se llame Manolito?

-¿Puedo pedir el comodín del público?

-El diagnóstico es el mismo de todos los años: exceso de excesos. Tómese esta pastilla azul para los dolores del alma. La roja para el vértigo de la desesperanza. Y la amarilla para entrar en razón.

-¿Es grave, doctor? ¿Voy a morir?

-Son cien euros. La citología de la alegría aparte. Pida cita para el mes que viene, le haré una biopsia de la nostalgia. Por lo demás, bien. Y cuidado con la nochevieja que las uvas vienen cargadas como minas antipersona, no en vano las fabrican en racimo.

Salí de allí con una sensación agridulce, tristeamarga y estúpidamente catatónica.

Hay enfermedades incurables.

Otro año más, pensé.

Solo quedan cinco días.

DÍA CERO: NAVIDAD

Lo llevo pensando todo el año:

Verás cómo llega Navidad y ni me acuerdo que ha llegado.

Olvidaré poner las flores de pascua en los maceteros del jardín.

Encargar el marisco o el lechal más tierno para una ceremonia inolvidable.

Tampoco me acordaré de irme a esquiar a Baqueira mientras brindo con una copa de Dom Perignon.

Ni siquiera reconoceré a Jesús o a Papá Noel. ¿Eran artistas del teatro chino de Manolita Chen?

No pasa nada, son las consecuencias de una memoria conveniente, un bolsillo limitado y una imaginación sorprendente.

Y esta nostalgia rancia que repta por las vísceras de la tristeza con sus ganzúas precisamente inútiles.

Lo sabía, iba a llegar el día.

Y se me habría olvidado que era Navidad.

1 DÍA ANTES DE NAVIDAD: NOCHEBUENA

No es culpa de los peces que beben y beben y vuelven a beber. Tampoco lo es del tamborilero con su ratataplán. Y qué decir de la campana sobre campana o aquella burra cargada de chocolate que sabe Dios dónde iría con tanto dulce, de noche y sin inventarse los afters.

La culpa es del desánimo. Ver como la vida crece hacia adentro, hace raíces en la memoria y te encuentra, conduciendo sin frenos y cuesta abajo, por una autopista donde no hay salida. Ni vuelta atrás. Solo el ruido del recuerdo, el hartazgo de las suelas o el crepitar imprevisible del llanto, ya sin motivo.

Y cualquier noche puede ser buena y cualquier mañana navidad. Todo es relativo, singular e irrepetible. Depende del cristal con el que se mira.

El de una botella de buen vino suele ser el mejor.

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