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Apenas hace unos segundos pero ha pasado un año.

El tiempo ha dejado de ser relativo para convertirse en un bucle de persistentes aristas.

El miedo nos ha dejado temblando al borde del silencio y ahora sólo nos queda la ingenuidad de llorar hacia adentro, esperando que el calendario no nos robe el último hálito de esperanza.

Parece que han sido unos segundos, la nimiedad flotando en la anodina esfera de un cronógrafo, sin embargo ha pasado un año. (Una macabra danza de féretros lo avala).

 

Ya no queda tiempo para las incógnitas,
para las preguntas,
para las dudas,
para el abismo.
Sólo queda tiempo para la alegría,
la del fondo de las pupilas,
la del llanto y la melancolía,
la del cambio perpetuo.
Queremos transformar el mundo
y no somos capaces de mirarnos al espejo
sin el mínimo atisbo de vergüenza,
sin el leve paisaje del pasado hiriente.
Pero la vida apremia.
No hay lugar para el pecado
ni tampoco para la enconada muerte.

 

El tiempo, deshilachando silencios,
húmedas latitudes de contrariados olvidos,
soledad que se desvanece al contacto del azul.
El tiempo, cabalgando calendarios,
siglos detenidos,
uniformes roídos por la ausencia del latido.
Y la muerte ahí, espiando la culpa,
desgranando la ausencia
donde por fin te detienes
con las alas desplegadas sobre el llanto.

2

 

Queremos llegar a tiempo a todo, pero es imposible.
Es imposible detener el tiempo.
La lágrima que cae sufre su propio espasmo de eternidad inconclusa.
Por eso somos felices, o creemos serlo,
por eso no estamos muertos todavía,
aunque a veces lo parezcamos.