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TODOS LOS DÍAS

El tiempo, de repente, se ha convertido en un minúsculo cronómetro con los granos de arena limitados.

A veces parecen repetidos. Otros suenan a presentidos. Y los que menos, a sorprendentes. Hemos entrado en una línea tan horizontal como la innecesaria soledad del horizonte.

Sin embargo, todos los días, sin olvidar uno en mi senil memoria, me acuerdo de todos aquellos a los que amo.

A los que acaban de llegar a mi vida para llenar las copas de la esperanza.
A los que estuvieron siempre con los brazos abiertos y la luz encendida.
A los de sangre.
A los de aliento.
A los que no sabía que quería,
a los que no sabían que me querían.
A los que se fueron.
A los que permanecen.
A los que vendrán.
A los que nunca se fueron.

El tiempo se acorta a la medida justa que el amor se agranda.

Se vuelve urgente olvidar la voz del dolor para ampliar el susurro de la alegría.

Amo en la justa medida de mi memoria y en perfecto equilibrio de mi corazón.

Estoy a salvo.

Sin embargo, todos los días, sin olvidar uno en mi senil memoria, me acuerdo de todos aquellos a los que amo.

REGRESO AL INICIO

Apenas hace unos segundos pero ha pasado un año.

El tiempo ha dejado de ser relativo para convertirse en un bucle de persistentes aristas.

El miedo nos ha dejado temblando al borde del silencio y ahora sólo nos queda la ingenuidad de llorar hacia adentro, esperando que el calendario no nos robe el último hálito de esperanza.

Parece que han sido unos segundos, la nimiedad flotando en la anodina esfera de un cronógrafo, sin embargo ha pasado un año. (Una macabra danza de féretros lo avala).

La vida apremia

 

Ya no queda tiempo para las incógnitas,
para las preguntas,
para las dudas,
para el abismo.
Sólo queda tiempo para la alegría,
la del fondo de las pupilas,
la del llanto y la melancolía,
la del cambio perpetuo.
Queremos transformar el mundo
y no somos capaces de mirarnos al espejo
sin el mínimo atisbo de vergüenza,
sin el leve paisaje del pasado hiriente.
Pero la vida apremia.
No hay lugar para el pecado
ni tampoco para la enconada muerte.

El tiempo infame

 

El tiempo, deshilachando silencios,
húmedas latitudes de contrariados olvidos,
soledad que se desvanece al contacto del azul.
El tiempo, cabalgando calendarios,
siglos detenidos,
uniformes roídos por la ausencia del latido.
Y la muerte ahí, espiando la culpa,
desgranando la ausencia
donde por fin te detienes
con las alas desplegadas sobre el llanto.

La brevedad del tiempo

 

Queremos llegar a tiempo a todo, pero es imposible.
Es imposible detener el tiempo.
La lágrima que cae sufre su propio espasmo de eternidad inconclusa.
Por eso somos felices, o creemos serlo,
por eso no estamos muertos todavía,
aunque a veces lo parezcamos.