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Por amor al amor me levanto cada mañana.

Abro las ventanas, saludo al nuevo día, mientras una brisa de incontable alegría se instala en los adoquines desgastados por el uso del camino. Y cada paso es destinado a cruzar los puentes que me separan de ti. De ti que estás sufriendo, de ti que llevas la herida de un destino incierto, de ti que tienes miedo, de ti que has sido cazado por el dolor y la amargura. 

Cada uno de mis pasos es tuyo, cada voluta de oxígeno, cada palabra desprendida de este discurso ambiguo y sin tildes, escarchado de llamas, oloroso como un huerto explosionando bajo un parto de abril

Por amor al amor me levanto cada mañana.

Por amor a ti. Por amor a la vida.

Hay que avanzar, no tenemos más remedio.

Nos ajustamos la mascarilla, nos lavamos las manos y guardamos la distancia. Y avanzamos.

Despacio pero seguros. Intentando ser más rápidos que el bicho.

La vida se ha convertido en una carrera de fondo. Tonto el último.

Hay días en la que todo lo habita el cansancio. Este sopor de persiana cerrada desde la que solo se deja entrever un limitado estampado de paisajes miméticos.

Cuesta tomar oxígeno, demasiado esfuerzo para levantar la cuchara o peinarse la memoria. Casi he olvidado las normas de ortografía, el color de los semáforos o la medida del bizcocho. Para evitar el olvido, todo tengo que apuntarlo, pero también me agota.

La pandemia me ha lanzado a la cola del paro, no trabajar me causa cansancio.

Esta pandemia será conocida en los anales de la historia como: La Pandemia de los Licenciados.

De repente han brotado expertos en todas las materias. Como tras la lluvia, y en plena montaña, aparecen las setas, salvajemente resueltas, benévolas y malvadas, con esa prepotencia natural que les da la libertad de nacimiento.

Médicos, biólogos, políticos, estadistas, economistas, filósofos y hasta virólogos. Se han expedido más certificados de profesionalidad, en los últimos meses, que en los últimos siglos. Sin duda somos un país de grandes intelectuales.

Podéis salir al balcón a aplaudiros a vosotros mismos.  Yo me quedo en la retaguardia del silencio, donde los ignorantes sólo nos queda confiar.

Hace muchos años que no rezo, al menos hacia el exterior. De vez en cuando lo hago mirando al fondo de mí misma, como si la voz se hubiese caído a un pozo y la conciencia, curiosa y lasciva, la mirara desde el ojo luminoso del paisaje.

Recuerdo aquellos domingos de obligado cumplimiento, rodillas en el suelo, mirada lacónica y persignación rutinaria, ya sin la pasión ni pecado que te obliga a hacer un acto de contricción. Sin embargo, siempre sentía arrepentimiento, arrepentimiento por nada, si acaso por esos pensamientos impuros que me invitaban a volar, a volar sobre el horizonte de la esperanza, soltando lastre, rompiendo cadenas.

Señor, hoy ya no me arrepiento de nada, por eso cuando truena, en vez de acordarme de Santa Bárbara, me acuerdo de Perico que vive en la calle, entre cartones, desde que lo expulsaron del paraíso de esta sociedad ilimitadamente hipócrita.

Sin embargo, de vez en cuando rezo, hacia adentro, hacia el fondo de mí misma, como si la voz andara naufragando en el proceloso océano de la conciencia.