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Para Nacho

La luz vuelve a la luz con el silencioso estallido de una burbuja de humo que retoma el camino de vuelta a casa.

Se hace presencia visible en la corolas de la memoria, mientras hilvana pétalos sobre las mantas alfombradas por la ausencia.

La luz teje con agujas de plata sobre el vértice de una luna virginal y voluble.

Pero aquí sigues tú, recién vestido con los tules de la lluvia, de la lluvia enamorada -mitad corazón, mitad brisa-. Y el mar, al fondo, tras las colinas, con su fidelidad precisa de arena blanca y caracolas limpias. 

Te está esperando: Luz de amor, luz de agua.

La luz vuelve a la luz. Espéranos.

 

Te quiero Jose, amigo.

Más allá de los crespones negros, banderas a media asta, silencios íntimos o mutismos gubernamentales, existe y persiste el luto.

El luto como espacio habitable para la nada, para el vacío sin despedida, para el rezo místico de la indiferencia que se desliza por las grietas del primer mundo. Este mundo resquebrajado como una vasija de porcelana y que agoniza hecha añicos en tantas cunetas de la historia.

El luto es esa mancha insidiosa imposible de eliminar y que nos recuerda, cada día, que si la vida es breve, la muerte se eterniza como un océano de insondables fronteras. La muerte, es el punto y final que pone nombre a nuestra fragilidad humana. Nada más.

A  los manifestantes del Barrio de Salamanca. Los que llenan las terrazas de los bares. Los que solo piensan en sí mismos. 

A los que siguen sin entender que mis muertos también son los tuyos, y los tuyos son los míos.  

Los seres humanos no estamos preparados para enterrar a nuestros hijos. Tampoco para hacerlo con nuestros padres o hermanos. Sin embargo, sí estamos programados para olvidar, sobre todo cuando los muertos son los de otros. 

A lo largo de estos tenebrosos días, en los que las cifras de fallecidos hacen temblar hasta al mismísimo Tánatos, me he quedado descalza en un mundo sembrado de cenizas pensando que, quizás, la vida, aferrada a la muerte, nos daba una nueva oportunidad. Pero no es verdad. 

La vida de los muertos no regresa y los vivos siguen generando muerte a su alrededor. No importa que los ataúdes sigan apilandose en las morgues anónimas del silencio. Mientras ese cadáver no sea mío seguiré pensando en salvar sólo mi ombligo.

El futuro es sólo una utopía inventada por un poeta loco.

Números que se mueven entre la desolación y el olvido.

Ausencias que se precipitan entre la angustia y la impotencia. 

Cifras que palpitan sobre los tanatorios cerrados, sobre los féretros sin nombre, sobre las oraciones sin dioses ni lágrimas.

Vidas desprendidas de vida que se han olvidado en las cunetas de las estadísticas, en los barrancos de la impotencia, en el vacío de la verdad nunca presentida.

Perdonadme.

Hoy sólo puedo ofreceros este silencio: el silencio de mi ignorancia.

 

A todos los seres vivos, un día u otro, nos llega la muerte.

Quizás a hurtadillas, en silencio, anunciada, presentida o por sorpresa.

Es el único regalo que nos entregaron nuestros ancestros nada más nacer.

La única voluntad de esos inalcanzables dioses.

Pero a todos nos llega la muerte.

Incluso a Camilo Sesto.

MORALEJA: "Es mejor morir con dignidad que aplastado por el botox"

https://www.youtube.com/watch?v=e76XFKM1GMU