Bienvenidos al hogar de mi alma

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MENOS ES MÁS

+Para que nuestros seres queridos reposen en paz es necesario elegir la mejor lápida.

-Algo sencillo.

+¿Mármol, granito, porcelana? ¿Un paisaje de fondo?

-Algo sencillo.

+Tenemos Cristos crucificados, todas las Vírgenes y los mejores paisajes del Caribe que resultan la mar de emocionantes.

Mi padre nunca fue al Caribe.

+Ni Antonia tampoco pero mira qué preciosa queda su memoria inmortal sobre las clarísimas aguas del Niagara.

-Nos gustaría ponerle unas palabras.

+Aquí tengo una libreta de versos inmortales, inmemoriables y, también, prescindibles.

Gracias. Traemos las nuestras recién horneadas. Huelen a madalenas de leche y a rollos de anís.

+Las palabras son importantes pero… poca cosa. ¿Unas flores? ¿Unas palomas abrazándose por las alas de la memoria?

-Es suficiente. Menos es más.

+Son 600 euros.

Miré a mi hermano sin mirarlo.

Bolón se quedó mimético entre las rendijas de la persiana.

Pequeñas historias crean interminables mundos.

Los mundos infinitos de la memoria.

Y … ¿AHORA?

Y… ¿Ahora?

¿Qué hago con el corazón?

¿Cómo recompongo sus astillas?

¿De que forma modelo el barro roto, la porcelana perdida?

¿Quién restaurará los espejos?

¿En que orilla de río sin cauce me miraré sin verte, me veré sin mirarte?

¿Sobre qué cima abandonaré las alas, como quien olvida la maleta en una estación sin trenes ni memoria?

Y… ¿Ahora?

Y… ¿Mañana?

EL DOLOR

A mi madre

El dolor encuentra escondites infinitos.

Se agazapa entre las sábanas. Busca hueco en las almohadas.

Deja el mantel vacío y el plato desnudo, abrazando las tímidas cucharas como brazos yertos de un acero inoxidable, inexorablemente baldío.

Se queda colgando en las cortinas, hace pliegues con la memoria, embarazadamente difuso sobre el recodo de los armarios.

El dolor conoce todas las leyes del infinito, las transforma y las disuelve, las mutila y multiplica. El dolor es el dios de la frágil vida.

A partir de ahora, toca adoptarlo como a un niño desvalido que se sienta a nuestra mesa con el hambre voraz del infinito, con la herida abierta del amor perdido, con la soledad remota del que ha dejado en el camino la mitad de su existencia.

El dolor, madre mía, ahora, es tu sexto hijo.

Te quiero más allá de mi voz y mis contornos.

UN MAL DÍA LO TIENE CUALQUIERA

-Disculpe señora enfermera, pero creo que mi padre acaba de fallecer.

-¿A estas horas? Pues no me viene bien. Es el momento del bífidus, que luego el intestino no me transita nada.

-Lo siento pero… ya no respira.

-Agonizando desde las diez de la mañana y tenía que ser ahora que acabo de entrar al turno. Ya se le podía haber muerto a la de antes, que es asquerosamente amable con todos los pacientes. O a la próxima que tiene la capacidad de empatizar con las familias, especialmente con aquellas que sufren con la pérdida de los familiares. Por cierto ¿usted qué hace aquí? ¿por dónde ha entrado que no la he visto?

-Por la puerta, incluso en los hospitales hay puertas, puertas que se abren y se cierran, algunas para siempre.

-No sé si se lo han explicado, pero no puede estar en contacto con el infectado.

-El infectado es mi padre y acaba de fallecer.

-¿Y usted cómo lo sabe?

-¿Que es mi padre?

-A mí que sea su padre me da igual. ¿Cómo puede afirmar que acaba de fallecer? Hasta que no le haga un electrocardiograma es imposible afirmarlo. Márchese, por favor y no venga a darme lecciones de medicina. ¡Estos huérfanos, siempre importunando!

No sé cómo encontré la puerta de salida que daba al pasillo.

Conté hasta 57. Los mismos años que compartí con mi padre.

No quise mandarla a la mierda por respeto a todas las maravillosas profesionales que nos habían atendido durante ese tiempo.

Pensé: «Ha tenido un mal día, no se ha muerto nadie en su familia«.

LAS ESQUINAS DEL LUTO

El luto sabe a vino rancio. Soledad aguada y esperanza catatónica.

El luto tiene cuatro esquinas como la cama de un moribundo.

Cuatro esquinas amparadas por las interrogantes del alma, mientras un batallón de puntos suspensivos se deslizan, agónicos, entre los pliegues crepusculares de la esperanza.

El silencio se vuelve denso, como la eterna gelatina de un beso discontinuo.

Cuatro esquinas para un solo duelo.

El silencio.

La tristeza.

El llanto.

El recuerdo.

Y desde el horizonte, llegando como una fina lluvia, el amor.

Todo lo demás es accesorio, incluso la luz.

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