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A todos los seres vivos, un día u otro, nos llega la muerte.

Quizás a hurtadillas, en silencio, anunciada, presentida o por sorpresa.

Es el único regalo que nos entregaron nuestros ancestros nada más nacer.

La única voluntad de esos inalcanzables dioses.

Pero a todos nos llega la muerte.

Incluso a Camilo Sesto.

MORALEJA: "Es mejor morir con dignidad que aplastado por el botox"

https://www.youtube.com/watch?v=e76XFKM1GMU

Esta semana la muerte me lo ha trastocado todo.
Me he dejado la plancha a medias, el cocido en el fuego y a ver como le digo a mi hija que no llegaré a tiempo a la salida del colegio.
Cuando me he enterado he salido tan corriendo que sólo la tristeza me cabía en el bolsillo. Y así voy, sin llaves y sin pañuelo, buscado alguien que me preste un euro para coger el autobús de vuelta.
Pero aquí nadie sabe nada.
No tienen wasap ni monedero.
Ya no les queda, ni siquiera, la esperanza.


Se ha ido al revés de como vino.
En silencio.
Como durmiéndose en el alambique del sueño.
Como recién nacido a la templanza del sosiego.
Se ha ido pero se quedan los incisivos profundos
en las huellas soterradas de la memoria
y ese ladrido que retumba
en las cavidades inmensas de la sed más profana.
Espéranos, Chamán,
ya mismo estamos llegando.

Los muertos solo quieren paz, por eso levitan por los huertos húmedos de la memoria, como escolopendras de verano, ajenas al calor y al llanto, a la inmediata luz de los cuerpos ascendentes.
Los muertos quieren ser dignos y efímeros, con la justa eternidad de un suspiro baldío, de una delicada beatitud que revierte en los pozos animados de la memoria más digna.
Son los muertos del precipicio eterno, los del olvido perpetuo e insidioso, los desapegados del mundo y sus ancestros. Los que solo quieren ausentarse del pozo y las cenizas, de las fotografías enclaustradas en portarretratos dorados sobre el humo perenne del blanco y negro.
Los muertos solo quieren olvidarse del carnal sufrimiento y, a menudo, los vivos también.

2


A veces una se cansa de hablar a contracorriente.
De pensar a contracorriente.
De llorar a contracorriente.
De desnudarse a contracorriente.
A veces una se cansa de vivir (con o sin corriente).
Y entonces quieres ser tortuga para que no te agobie el peso del tiempo, ni la conversación vespertina de los políticos corruptos, ni los besos de tu amante, que siempre caen de soslayo en el último pliegue de la memoria.
Ser tortuga para esconderte en tu casa cuando el viento desmantela la luz de tus cortinas, los pliegues de las persianas, el íntimo tiritar de las bombillas azules.
Ser tortuga para saber cual es tu casa, más allá del peso que te aplasta la vida.
A veces una se cansa de sobrevivir a contracorriente
por eso busca, en los puentes cercanos, el íntimo abrazo del adiós infinito.