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La lluvia se ha asomado a mi ventana dejando una estela de melancólica presencia. Resbala cándida, con la tranquilidad necesaria que ofrece la supervivencia. Con la monotonía crepuscular de los días iguales. Con ese ritmo pausado que se asoma por los calendarios sin nombre.

Las minúsculas gotas me hablan de la fragilidad del ser humano, de la fugacidad de la vida, de lo anodino que resulta, últimamente, el sabor de las manzanas, ya sin riesgo ni pecado. Y en singular baile de acuosas piruetas, me revelan los misterios allende del silencio.

La lluvia ha visitado mi ventana, se ha quedado aquí, estática, ella también, como yo, teme volver al asfalto.

Siempre ella... la lluvia.
Eterna con su presencia de húmedos horizontes.
La lluvia... siempre ella.
La benefactora.
La renacentora.
La lluvia que limpia. La lluvia que enamora.
La lluvia... siempre ella.
Siempre ella.

2

Despacio, como relamiendo el asfalto,
la pura sed del atropello,
la mimética beatitud de las ventanas que corren
sus velos sobre el alfombrado crepitar de los cojines.
Y llueve...
llueven injusticias...
llueven soledades...
llueve hambre...
llueve la eterna desazón del que no sabe como abrocharse la vida,
como desmembrar su eco,
como tiznarla con el azúcar preciso y el acíbar suficiente.
Y los paraguas saben a atropello,
a lenguas que se cruzan en conversaciones no latentes,
a díscolas madreperlas que crecen, huérfanas,
en el oscuro laberinto de una despedida sin norte.
Pero llueve... y eso es lo importante...
este torrentero de líquida armonía, se llevara el silencio,
la ira que nos divide,
el odio que nos limita,
y ese sabor a rancia primavera comprada
en los mercados que especulan con la sangre de tanta víctima inocente.

4

Hoy ha amanecido el día gallego: lluvioso y lleno de preguntas. Apenas he abierto el paraguas, una sensación de naufragio me ha calado la memoria. Tengo que empezar a desordenar los cajones, a romper viejas fotografías, a incinerar en el olvido tanta herida descubierta, tanto llanto quebrado en los paisajes del tiempo. Quemar rastrojos y mangas, botones y cucharas frías, bolsillos llenos de lodo taponando las ventanas que siempre dan al mediodía.  Y la lluvia cae, como sin cielo, como un milagroso maná que invitara a la despedida.