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Una nueva raza humana ha crecido a partir de la crisis del coronavirus: los niños hogareños. 

Son esas criaturas que han nacido en familias de puertas y mentes abiertas, educados en colegios de ventanas decoradas con flores y versos de Gloria Fuertes, los que acuden a todas las clases de extraescolares combinando el yoga con el teatro, el fútbol con las manualidades o el judo con la guitarra. Son los que han desterrado a Disney para convertirse en héroes y heroínas de Marvel. Los que meriendan en los parques y se lanzan al infinito desde todos los toboganes. Son los niños de la libertad y la anarquía. 

Pero, de repente... 

¿Qué fábula nos inventamos para explicar este vacío, esta ausencia, esta lejanía? ¿Dónde han quedado sus amigos, sus abuelos, la clase de matemáticas o los empujones en el patio?

En casa todo es distinto. El amor no sirve para todo, al menos a estas edades. ¿Jugamos a sobrevivir? 

Una nueva raza humana ha crecido a partir de la crisis del coronavirus: los niños hogareños. 

Como toda niña nacida en la década de los 60 nos llevaban a la cama en blanco y negro.
Después descubrimos que un señor pequeño con bigote nos había quitado el color de la tele para hacernos sentir más tristes.
Y ahora, con un montón de años más he descubierto que el color no está en la tele, si no en el corazón.

Nuestra vida está llena de canciones, de músicas que van hilvanando un mundo de emociones que quedan latiendo a lo largo de nuestra historia.
Esta pertenece a mi infancia. Pero también a mi madurez.
En la primera etapa me la descubrieron las monjas de mi cole en un titánico intento por convertirme, definitivamente, a la fe.
En la segunda etapa me la resucitaron mis compañeros de teatro en un hermoso viaje al centro de la improvisación vital.
En ambos casos sigo naufragando, especialmente en el de la fe.


Todos los días se debe recordar algo. El sída, el cáncer, los maltratos, el alzheimer, la pobreza, la salud dental, el turismo o la alimentación. Todos los días, sin olvidar uno del calendario, y siguiendo esta tónica el martes se celebró el día del niño.
Y yo me pregunto ¿es que los niños solo tienen un día?... ¿qué hacemos con ellos el resto del año?... Ya sé: los mandamos a la guerra como parapetos infaustos de las balas perdidas que lanzamos los adultos sobre el odio del mundo. O les cerramos las escuelas, tú por ser niña no tienes derecho. O les robamos el agua para que acaben siendo solo un saquito de huesos en medio de las especulaciones y los buitres capitalistas. También podemos encerrarlos en talleres como cárceles para que nos cosan esas botas de moda a los que solo tienen acceso los famosos de turno. Las niñas semidesnudas en los burdeles, los pequeños mendigando bajo el yugo de la correa y una sociedad que siempre mira para otro lado cuando la tormenta de la conciencia nos acucia el pensamiento.
¿Qué hacemos con los niños el resto del año?... ¿Qué hacemos con el futuro?... ¿Qué hacemos con la vida?...
Sólo a través de la mirada transparente de la infancia, de la feliz algarabía de su sonrisa, podremos encontrar la llave eterna del amor universal. El resto siguen siendo pasos inútiles hacia el fondo de una humanidad ahogada en su propia podredumbre.

Su destino era de pluma, de eternidad etérea y enamorada.
De grácil transparencia lírica.
Por eso cuando me pidió abrir la puerta, con la mirada puesta en el infinito, las alas recién planchadas para el viaje de las estrellas, le dije que no se olvidara la sonrisa ni la maleta de caricias azules y que esa puerta quedaba abierta para siempre porque la llave la había tirado al pozo de la esperanza.
Su destino era la luz,
mientras yo sigo buscando, todavía, mi tímida lámpara.