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Para Alma

Sigo lanzando miguitas de pan para que nunca olvides el camino de vuelta a casa. 

En estos tiempos de tormenta, he abierto todos los paraguas, recosido los chubasqueros y desplegado los toldos por si quisiera diluviar sobre el tejado de la memoria. A lo lejos asoman algunos nubarrones con sus fauces de incertidumbre hambrienta. Una atronadora ventisca de interrogantes viene cabalgando sobre las nubes desoladas del desaliento. 

Sin embargo...

todos los días, a la hora precisa, justo antes de lanzarme a la aventura del insomnio, lanzo miguitas de pan para que nunca olvides el camino de vuelta a casa.

ALMA
Te quiero todos los días.
Incluso cuando no sabía que existías.
Incluso cuando no sabía si existirías.
Incluso cuando yo no existía si tú no existías.
Te quiero ahora que los días se nos hacen pequeños
y las noches eternas.
Te quiero cuando tu sonrisa lo llena todo,
como una cascada de vida interminable,
en las interrogantes absurdas de los adultos
que siguen buscando el grial inconsciente de sus besos sin norte.
Te quiero porque llevas la sangre de mis deseos,
el estigma maculado de mis enérgicos besos,
la sed, el hambre, el sueño...
Te quiero porque todo allá donde mire
lleva tu nombre, el paisaje de tus ojos,
la infinita clemencia de tu latido preciso y sentido.
Te quiero tanto que,
en un alarde de romántica esperanza,
espero que me recuerdes con la benevolencia de la luz que transita
estos días apagados de verano.

10

Una vez han cortado el cordón umbilical, tus hijos dejan de ser tuyos para pasar a formar parte del mundo. Mundo que una sueña plácido, excitante y sincero, pero que no siempre resulta ser así. Por eso un día dejan de ser las cándidas criaturas que retozaban felices en el paraíso acuático del útero para teñirse de verde y venirte con el cuento de monstruosas anatomías imposibles. Es lo que tiene haber nacido mujer con vocación de madre, que, a pesar de todo, se sigue pariendo cada día, casi con los mismos dolores de aquel lluvioso enero.