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Todos los días me rindo un poco.

Es como si la aventura vital se hubiera convertido en un extraordinario resort de vacaciones insulsas, sin palmeras ni revoluciones, sin mosquitos tigre ni caipiriñas caducadas. Sin amaneceres eróticos o levitaciones eucarísticas.

Apenas me dura el aliento de un segundo, calzarme el desorden de las zapatillas o recolocarme la menta entre los molares y los caninos.

Sin embargo, todos los días me rindo un poco más.

Lo hago en silencio y de puntillas para no despertar al virus de la melancolía, para no afianzarme en la podredumbre de mi fracaso. Y me miro al espejo con la exacta benevolencia de los que, a pesar de todo, siguen ondeando la bandera de una victoria nueva.

Me peino el cabello y el alma, y salgo a la calle como si no pasara nada, tan solo el viento.

Si perdemos la esperanza sólo nos queda morir.

Morir así, como lo hacen las violetas: de puro hastío primaveral, letal sobredosis de alegría sin motivo.

Pero morir voluntariamente a estas alturas de incertidumbre no quedaría bien.

Sigo aferrándome a ella, a su delicada epidermis de mujer herida, escamada y taciturna, tejida sobre el telar de lágrimas de todas las luces que me precedieron.

Si perdemos la esperanza sólo nos queda dormir.

Dormir sobre la urdimbre desolada de los sueños muertos.

1

Apenas hace unos segundos pero ha pasado un año.

El tiempo ha dejado de ser relativo para convertirse en un bucle de persistentes aristas.

El miedo nos ha dejado temblando al borde del silencio y ahora sólo nos queda la ingenuidad de llorar hacia adentro, esperando que el calendario no nos robe el último hálito de esperanza.

Parece que han sido unos segundos, la nimiedad flotando en la anodina esfera de un cronógrafo, sin embargo ha pasado un año. (Una macabra danza de féretros lo avala).

El camino nos encuentra, de vez en cuando.

Y la palabra y la música se unen en el espacio singular del silencio.

Y se produce el milagro de la buena compañía.

Y seguimos caminando.

Las palabras se han quedado temblando sobre la barandilla azulada del tiempo. Tiemblan como diminutas hojas ocres a punto de desprenderse de la rama sólida del calendario. Quisieran reinventarse, retornar a la juventud de los diccionarios, a la claridad de un paisaje renovado en la laxitud de una gramática desinflada por los libros de texto, por las herméticas matemáticas de la ortografía.

Las palabras observan el horizonte con la mirada tímida de un niño vencido por la edad, con la vejez justa para desfallecer mínimamente, como de puntillas, en silencio magistral y piadoso. Y están aquí, se reproducen, se multiplican como la arena de la playa, a sorbos de salitre, a golpes de espuma, caracola y canto rodado.

Las palabras: mucho más que palabras, mucho más que voz, pasado y futuro. Palabras siempre, eternamente.