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Jake no entiende que, de repente, todos estemos en casa. Es como si la familia de los domingos por la tarde se hubiera quedado estática en el calendario. Ahora ocupamos su sofá las 24 horas, no le damos tregua para el silencio o le abrazamos desesperadamente como si en ello nos fuera el amor, la vida, o ambas cosas. Él no sabe que es el único que está libre de este mudo tormento que nos habita.

Ya no ladra por la ventana a los niños que van al colegio cargando sus mochilas y sus bocadillos de nocilla. Porque en las calles no hay niños. Tampoco se encarama, desafiante de ternura, a las rodillas de los abuelos, a los que regala un ladrido de complaciente alegría. Porque en las calles tampoco hay abuelos.

Jake no entiende por qué, de repente, el mundo ha cambiado tanto. Jake es un perro. Desconoce que su corazón limpio es el único que se libra de esta soledad impuesta, de este holocausto de vanidades humanas en el que todos naufragamos a la deriva de un futuro incierto. Quizás sea verdad que sólo los perros merecen ir al cielo.

 

Lennon Papá Noel

A nuestro querido perro Lennon, que se ha marchado de viaje

Un aroma premonitorio de desvirgada muerte ronda mi casa.
Estos muros que la contemplan se han vuelto un mausoleo de herméticas rendijas desde donde escampa sus luengos brazos de guadañas incansables, estas paredes encaladas de esperanza, se han tornado un espada incesante de ausencias irrecuperables.
Ahora te has ido tú, con el silencio desgastado de una agonía persistente,
con el aullido mudo de los fieles compañeros de la luz,
con la delirante beatitud de esos arcángeles caninos que buscan el húmedo hocico de la vida infinita,
del amor gratuito más allá del propio sendero de los tímidos calendarios.
Te has ido tú cansado de regalarnos tus ojos siempre atentos,
la voraz lengua que lamía nuestras pesadillas diarias,
ese aliento dulce de jugosas lechugas que te hacía saltar a brincos sobre el entramado del universo.
Te llevaremos siempre sobre las heridas que el latido nos imprime en el corazón
porque hay amores que, de tanto tornarse generosos, sólo saben ser eternos más allá del tiempo y la memoria.


Se ha ido al revés de como vino.
En silencio.
Como durmiéndose en el alambique del sueño.
Como recién nacido a la templanza del sosiego.
Se ha ido pero se quedan los incisivos profundos
en las huellas soterradas de la memoria
y ese ladrido que retumba
en las cavidades inmensas de la sed más profana.
Espéranos, Chamán,
ya mismo estamos llegando.