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Acaba de llegarme el aroma del primer café y la leche empieza a agriarse en la boca de la fantasía. A pesar de que intento vivir en un mundo de lógicos ideales, la realidad me empuja, cada vez más, a refugiarme entre la cuevas íntimas del absurdo.
Quieren despojarme de la luz, del aleteo fluvial de las náyades perdidas y del incesante revoloteo del clavicordio sobre mi memoria de pájaro. Quieren vestirme de gris para darme un lapicero que solo consiga sumar números rojos en el haber de mi sonrisa.
Dentro de un rato, cuando acabe de mojar la magdalena en el último sorbo de láctea energía, voy a iniciar una revolución antes de que sea tarde para para vestir lazos, narices rojas y pantalones de cuadros despeluchados.
Antes de que nos inoculen el conformismo, para hacernos levantar con la conciencia dormida.

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Reconozco que pocas veces he sido de sentimientos negativos, siempre he intentado buscar la parte positiva de las, incluso, caras ocultas del ser humano. Me ha costado muchísimo trabajo llegar a entender que pueda existir gente que se lucra y enriquece con la pobreza y miseria de los demás. ¡Tonta de mí... yo creía que aquello había pasado a mejor vida y que estaba enterrado junto a la negra historia de la España más inquisitiva! Yo era de las que creía en la clase política. Cada día de elecciones era una puerta que se abría hacia mi voz y mis manos. Y siempre acepté las decisiones de la mayoría (aunque ni de lejos me rozaron). Este año ha sido como crecer de golpe desde la mediocridad social que me habitaba. Lo siento, políticos de España, ya no creo en vosotros, ni en vuestras promesas, ni en vuestros mensajes de buena voluntad. Ya no quiero pagaros vuestros trajes de diseño, ni vuestras cenas en magníficos restaurantes con menús de cinco estrellas, tampoco regalaros zapatos, ni parcelas de terreno donde agonizan los pinos, la carrasca y la ardilla. Y no quiero ya ser generosa con vosotros porque mis amigos tienen hambre por vuestra culpa; porque no encuentran trabajo por vuestra mala gestión; porque no hallan esperanza de vida, por vuestros despilfarros; porque el único techo, al que tienen derecho es al de esperar que sus hijos sean tratados con un mínimo de dignidad, esa dignidad que no llega nunca. Mientras me quede un hálito de esperanza, seguiré luchando.

Foto | Petrer al día

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Una siempre espera que surja el milagro:
volver al útero en su feliz letargo,
que las urnas se vuelvan generosamente honradas,
que el beso llegue al labio de la esperanza antes que al olvido
y que deje de llover, o no, en las aceras de la sonrisa.
Pero el milagro no llega y las hordas del desaliento afilan sus guadañas, así que no queda más que hidratarse el verbo para subrayar el aliento con el gozo preciso de los enamorados rotundamente finitos.