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El camino nos encuentra, de vez en cuando.

Y la palabra y la música se unen en el espacio singular del silencio.

Y se produce el milagro de la buena compañía.

Y seguimos caminando.

Las palabras se han quedado temblando sobre la barandilla azulada del tiempo. Tiemblan como diminutas hojas ocres a punto de desprenderse de la rama sólida del calendario. Quisieran reinventarse, retornar a la juventud de los diccionarios, a la claridad de un paisaje renovado en la laxitud de una gramática desinflada por los libros de texto, por las herméticas matemáticas de la ortografía.

Las palabras observan el horizonte con la mirada tímida de un niño vencido por la edad, con la vejez justa para desfallecer mínimamente, como de puntillas, en silencio magistral y piadoso. Y están aquí, se reproducen, se multiplican como la arena de la playa, a sorbos de salitre, a golpes de espuma, caracola y canto rodado.

Las palabras: mucho más que palabras, mucho más que voz, pasado y futuro. Palabras siempre, eternamente.

Vamos caminando paso a paso como si la urgencia no existiera, como si la prisa hubiese quedado estática en un cuadro cubista, virtualmente abstracto.

Paso a paso, a veces queriendo acelerar la marcha, pero siempre con el lento augurio de la respuesta incierta. No hay voz que resuelva el enigma, ni oración que espante el espanto. Estamos en el camino y sólo nos toca seguir avanzando. A ritmo lento. Paso a paso.

Hay que avanzar, no tenemos más remedio.

Nos ajustamos la mascarilla, nos lavamos las manos y guardamos la distancia. Y avanzamos.

Despacio pero seguros. Intentando ser más rápidos que el bicho.

La vida se ha convertido en una carrera de fondo. Tonto el último.

Hoy es domingo todo el día. Veinticuatro horas de jovial alegría. Estamos confinados en casa pero nos da igual. No vamos a cambiar nuestras costumbres en favor de estos días grises.

La avenida, desde la ventana, se viste de luz, mientras una alfombra de hojas ocres oculta las desiertas baldosas. Sólo algunas tórtolas o el ladrido de un perro lejano, rompe este silencio de beatitud milenaria.

Parece que el calendario se ha quedado estático en el preciso instante del abrazo robado, pero no es así, la vida sigue, las horas avanzan y el horizonte, poco a poco, se va llenando de luz.

Hoy es domingo todo el día. Algo tendremos que celebrar.