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Ven, dejémonos la piel y hundámonos en el océano imprevisible de la eterna lascivia enamorada. Que ya empieza a ser demasiado tarde para estas noches de búsquedas interminables por el sur caótico de las lágrimas. Ven, y ven tú, sin el artificio de las máscaras que ocultan las verdades imprecisas. Y trae contigo el fruto que nos inmortaliza y nos hace eternos sobre el breve segundo de la eternidad.