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Debajo de mi casa hay un despacho de pan. La dependienta se llama Mari. Ninguno de estos días de aislamiento ha dejado de abrir su panadería. Su sonrisa ilumina todo el barrio como una catarata de fuegos artificiales, ahora reflejada sólo en sus ojos.

Como en una letanía de primero de catecismo, hemos aprendido a rezar una oración de esperanza:

El pan nuestro de cada día dánoslo hoy.

Y Mari, enfundada en sus guantes y con su mascarilla reglamentaria, guardando la más prudente de las distancias, nos entrega el bien más preciado del día. 

Menos mal, hoy sólo pasaremos hambre de libertad.

Para mis amigos Concha y José Joaquín, con los que me gusta comer y reír a partes iguales.

Estar en casa tiene algunas ventajas maravillosas y demasiados inconvenientes tremebundos.

Estamos en familia, el amor alejado nos acerca, nos previene del virus y nos alienta el deseo de futuro. Bordamos sueños nuevos, limpiamos los altillos que no sabíamos que existían  y jugamos al parchís con diez dados y fichas descoloridas, incluso nos hemos inventado un bingo con nombres de poetas.

Pero el día tiene 24 horas. El frigorífico 2 puertas y  la despensa no tiene candado.

El aburrimiento, según se calcule, alcanza las dos mil calorías por minuto.

Para compensar echamos mano de la creatividad, cocinamos recetas saludables: bizcochos de coco, natillas con canela y galleta o tarta de manzana con crema de vainilla. Almíbares varios, suculentas torrijas (que para eso se acerca la semana santa) y una buena dosis de chocolate que, según indican los más sabios, sube el ánimo y aleja la apatía.

Ya lo dijo la gran Virginia Woolf: "Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien". 

Nos vemos después del "confitamiento".