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Te quiero todos los días.
Incluso con lluvia.
Con viento, con sol o silencio.
Te quiero sobre la soledad del olvido,
con la algarabía de la verbena,
con el insufrible descalabro del infierno
o en la perfecta armonía del inalcanzable cielo.
Te quiero.
Te quiero todos los días.
Entre los peldaños que bajan.
Sobre las escaleras que ascienden.
En este columpio enamorado y valiente
sobre el que te mueves,
como una lírica mariposa
que busca luz y alas para esa sed de eternidad.
Te quiero todos los días.
Incluso cuando ni siquiera sabía que existías.

10

Una vez han cortado el cordón umbilical, tus hijos dejan de ser tuyos para pasar a formar parte del mundo. Mundo que una sueña plácido, excitante y sincero, pero que no siempre resulta ser así. Por eso un día dejan de ser las cándidas criaturas que retozaban felices en el paraíso acuático del útero para teñirse de verde y venirte con el cuento de monstruosas anatomías imposibles. Es lo que tiene haber nacido mujer con vocación de madre, que, a pesar de todo, se sigue pariendo cada día, casi con los mismos dolores de aquel lluvioso enero.