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Es evidente que vamos a tener coronavirus para rato. Hay que ir acostumbrándose a las mascarillas, la distancia humana y esta sensación ingrata de sentirnos siempre en el filo de la navaja. Pero también es necesario, saludable y hasta amable, que empecemos a abrir fronteras, geográficas y humanas, físicas y anímicas.

De momento, yo me he despojado de la impotencia y el desaliento.

He abierto la muralla.

Hace más de 40 años que asistí a un encuentro en la Tercera Fase. Fue en un cine de barrio. Allí descubrí a un joven director de cine al que se le auguraba un futuro brillante. Sin duda no se equivocaban, aunque lo que realmente me apetecía era ver a François Truffaut desenvolviéndose en aquel espacio interestelar, es decir, Hollywood.

Lo cierto es que nunca me han gustado las películas de ciencia ficción, no entiendo esa necesidad de tener que buscar vida más allá de la corteza terrestre. ¿Acaso no somos bastante desapegados y suficientemente incapaces de comunicarnos, para tener que inventar nuevos códigos y relaciones amistosas que rozan la hipocresía más absoluta? ¿Qué deseo extraño mueve a los seres humanos para despreciar al de al lado mientras busca, afanosamente, el amor incondicional, y bastante utópico, más allá de las estrellas? ¿Acallar su conciencia? ¿Satisfacer su egolatría? ¿Convertirse en el rey del universo gracias a su inagotable caridad?

Resumiendo: el lunes pasamos a la Fase 3 y no me gustan las películas de ciencia ficción. 

Estimada Rosa.

Vola alt.

Feliç viatge.

Cuando una actriz se marcha, la sonrisa se nos queda descolgada y un vacío queda flotando en el aire.

Entonces se convierte en nube.

Esa nube imperceptible capaz de convertirse en lluvia enamorada. Algodón curativo para las heridas del alma o fulgurante bocanada de truenos devastadores para las verdades escondidas en los bolsillos de la raza humana. 

Tras ella, siempre, llega el arcoiris, el cielo azul, la silueta de un mundo más amable y cercano. Tras ella, siempre se avista una eternidad fugazmente efímera. 

Cuando una actriz se marcha, la risa se nos queda descolgada.

Pero siempre nos quedarán les seves paraules d'amor.

 

De vez en cuando viene bien un descanso para la mente y el espíritu. Aunque, puestos a elegir, prefiero irme de retiro espiritual al Caribe, a las islas Seychelles e, incluso, a Ibiza. Las cuatro paredes de mi casa y el paisaje tras la ventana, ya me lo conozco de sobra, por más que intente inventar uno nuevo cada día.

Pero este repentino y obligado descanso nos ha servido, además de para conocer a este descarnado y devastador virus, para descubrir otro tipo de pandemia, quizás la más peligrosa, la que nos aniquilará con más ferocidad que un bichito invisible: la de los intolerantes.

Tengo la sensación que estamos retrocediendo a pasos agigantados: intolerables brotes de racismo, manos alzadas ante un aguilucho o una esvástica, atención sanitaria dependiendo de tu capital, la prohibición de "Lo que el viento se llevó", la cabeza de Cristobal Colón rodando por toda América... esperemos que no se enteren de lo que pasaba en el Coliseo Romano.

La historia está para conocerla, entenderla (en la medida que sea posible) y aprender de ella para ir caminando hacia un futuro más habitable y generoso para todos. Ya lo dijo aquel pensador: "Conocer la historia para no repetirla".

¿A qué distancia estarán las cavernas de nuestro calendario? Ya parece que he visto a un diplodocus paseando por el jardín de mi vecino.

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Querido Pau:

Hoy nada me parece "Bonito" y aunque "La Flaca" sigue bailando, sobre la voluta iluminada de "Ese beso" de "Humo", el "Tiempo" se ha detenido como quien "Grita" en "El lado oscuro" del "Agua".

"Tú me hacías sonreír" pero hoy te has hecho "Dueño de mi silencio". Intento detener el pentagrama sobre el que te has adormecido.

"No te duermas", grito. Y tú respondes desde el fondo de una melodía eterna: "Duerme conmigo".

Con "Dos días en la vida" será suficiente, pero todo "Depende" del intenso transcurrir de la eternidad. Por si te sirve de algo: "Me gusta como eres".

Buen viaje Pau.