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Hoy es domingo todo el día. Veinticuatro horas de jovial alegría. Estamos confinados en casa pero nos da igual. No vamos a cambiar nuestras costumbres en favor de estos días grises.

La avenida, desde la ventana, se viste de luz, mientras una alfombra de hojas ocres oculta las desiertas baldosas. Sólo algunas tórtolas o el ladrido de un perro lejano, rompe este silencio de beatitud milenaria.

Parece que el calendario se ha quedado estático en el preciso instante del abrazo robado, pero no es así, la vida sigue, las horas avanzan y el horizonte, poco a poco, se va llenando de luz.

Hoy es domingo todo el día. Algo tendremos que celebrar.

Hay días en la que todo lo habita el cansancio. Este sopor de persiana cerrada desde la que solo se deja entrever un limitado estampado de paisajes miméticos.

Cuesta tomar oxígeno, demasiado esfuerzo para levantar la cuchara o peinarse la memoria. Casi he olvidado las normas de ortografía, el color de los semáforos o la medida del bizcocho. Para evitar el olvido, todo tengo que apuntarlo, pero también me agota.

La pandemia me ha lanzado a la cola del paro, no trabajar me causa cansancio.

Esta pandemia será conocida en los anales de la historia como: La Pandemia de los Licenciados.

De repente han brotado expertos en todas las materias. Como tras la lluvia, y en plena montaña, aparecen las setas, salvajemente resueltas, benévolas y malvadas, con esa prepotencia natural que les da la libertad de nacimiento.

Médicos, biólogos, políticos, estadistas, economistas, filósofos y hasta virólogos. Se han expedido más certificados de profesionalidad, en los últimos meses, que en los últimos siglos. Sin duda somos un país de grandes intelectuales.

Podéis salir al balcón a aplaudiros a vosotros mismos.  Yo me quedo en la retaguardia del silencio, donde los ignorantes sólo nos queda confiar.

Para llegar hasta aquí hemos cruzado valles de incertidumbre, paisajes miméticos sobre interrogantes imprecisas, fiordos de dudas, barrancos caóticos en los que la roca se confunde con el musgo vespertino de la primavera.

Para llegar hasta aquí hemos tenido que olvidar el camino, romper todos los mapas, desquebrajar todas las brújulas y hacer astillas las férreas direcciones que nos llevaban de vuelta a casa.

Nada de lo aprendido hasta ahora es suficiente. Se han quebrado las normas, las leyes y el orden natural del universo y ahora nos toca aprender de nuevo.

Quizás la mejor opción sea dejarse llevar e iniciar el vuelo.

 

Hoy nos hemos levantado con una buena noticia: tenemos vacuna.

Pero seguimos en espera.

A estas edades es complicado retomar la esperanza perdida, la alegría contenida o la euforia  solapada. El calendario se ha convertido en un tren encallado en una vía muerta.

Cualquier buena noticia se convierte en un susurro de prudentes expectativas. Ya no creemos en los cuentos de hadas, hemos perdido la fe, desde hace ocho meses todos somos ranas y ya nadie puede besarnos.

Tenemos vacuna. Pero seguimos en espera.