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Debajo de mi casa hay un despacho de pan. La dependienta se llama Mari. Ninguno de estos días de aislamiento ha dejado de abrir su panadería. Su sonrisa ilumina todo el barrio como una catarata de fuegos artificiales, ahora reflejada sólo en sus ojos.

Como en una letanía de primero de catecismo, hemos aprendido a rezar una oración de esperanza:

El pan nuestro de cada día dánoslo hoy.

Y Mari, enfundada en sus guantes y con su mascarilla reglamentaria, guardando la más prudente de las distancias, nos entrega el bien más preciado del día. 

Menos mal, hoy sólo pasaremos hambre de libertad.

Un día menos. Un día más. 

El calendario sigue su curso. Abril se ha abierto paso sobre el desolado tránsito de las horas vacías. 

Recuerdo a Machado: "Abril florecía frente a mi ventana". Y así es. También frente a la mía se desboca la primavera. Un revuelo de verbenas, margaritas, prímulas y geranios, nacen y se aglutinan más allá de la vida del ser humano. 

Mientras nosotros tratamos de sobrevivir, encerrados en la propia soledad de nuestros errores, ellas nacen, respiran, se multiplican. Quizás este sea el momento.

"Abril florecía frente a mi ventana".

El planeta Tierra respira cuando la humanidad se detiene.

La Madre Gea me cuenta: "habéis tocado fondo".

Quizás algún día alguien recuerde que hemos muerto, como el que muere frente al escaparate de una floristería en abril.

Pero ahora, de momento,  toca resucitar. 

Una nueva raza humana ha crecido a partir de la crisis del coronavirus: los niños hogareños. 

Son esas criaturas que han nacido en familias de puertas y mentes abiertas, educados en colegios de ventanas decoradas con flores y versos de Gloria Fuertes, los que acuden a todas las clases de extraescolares combinando el yoga con el teatro, el fútbol con las manualidades o el judo con la guitarra. Son los que han desterrado a Disney para convertirse en héroes y heroínas de Marvel. Los que meriendan en los parques y se lanzan al infinito desde todos los toboganes. Son los niños de la libertad y la anarquía. 

Pero, de repente... 

¿Qué fábula nos inventamos para explicar este vacío, esta ausencia, esta lejanía? ¿Dónde han quedado sus amigos, sus abuelos, la clase de matemáticas o los empujones en el patio?

En casa todo es distinto. El amor no sirve para todo, al menos a estas edades. ¿Jugamos a sobrevivir? 

Una nueva raza humana ha crecido a partir de la crisis del coronavirus: los niños hogareños. 

3

En los tiempos difíciles lo más sencillo es caer en el desánimo, la rabia, el dolor y la crítica desbocada. 

Yo no soy estadista, economista, política, psicóloga, médico o sacerdotisa. Yo no soy nada. Una más dentro de la vorágine humana que sobrevive cada día ante los datos de inflación, las analíticas presupuestarias o los declives gubernamentales. No entiendo de nada. Yo no puedo tomar decisiones por otros, tampoco puedo dar consejos de materias que desconozco y, mucho menos, asumir responsabilidades que no me corresponden. 

Pero sí se de algo: en momentos de marejada todos debemos remar juntos.

¿Por qué no sumamos en vez de restar? ¿Por qué no multiplicar en lugar de dividir? Retomemos la confianza, después, en tiempos de bonanza, cuando la barca llegue a puerto, entonces será el momento de rendir cuentas, pedir responsabilidades y preguntarnos, a nosotros mismos con toda la honestidad posible: ¿qué hubiera hecho yo ante la tormenta?

Es momento de avanzar. ¿Sumamos?