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La Madre de todas las Pandemías se asomó a nuestras vidas hace ya algunas semanas. Esa que nos empujó, como peleles de paja, al rincón más oscuro de nuestra intocable egolatría, perversamente perfecta, intocablemente humana. 

Pero a la Gran Madre le han nacido incontables vástagos, hijitos con los pies de barro, la mente ahuecada y la boca excesivamente suelta. Virus para los que no hay vacuna, ni se le espera; los que se regodean en su propia putrefacción, escurridizos como babosas en las charcas sombrías de nuestra propia historia. La de todos.

En el nombre de una libertad que nunca han defendido, excepto para sí mismos, enarbolan banderas, airean cacerolas o gritan consignas con las esesssss arrastradas como buenos habitantes de un mundo paralelo ajeno a lo humano y más cerca de lo dioses paganos de Dolce y Gabbana. Y se extienden como virus insurrectos que consiguen inocular su veneno en aquellos otros, tan descerebrados como ellos, pero más pobres, que aún creen en las leyendas de Don Pelayo y el Cid Campeador.

Y aquí estoy, con la mascarilla para mantener al Gran Virus controlado y con la mordaza para que esos hijitos díscolos no me destrocen el hígado ni la memoria. Soy una buena ciudadana. Mantengan su distancia. Gracias.

 

Al principio de este encierro todos nos agarramos el corazón con el temblor repentino de la bofetada inesperada, de la súbita sorpresa, del incomprensible silencio sobre la huella detenida.

Tuvimos que inventarnos una coraza, una esperanza, una falsa salida para no naufragar entre tanta incógnita, entre tanta interrogante sin respuesta, nos dijimos: de aquí salimos reforzados, reformados, resucitados.

Pero la humanidad es persistente. No sólo tropieza dos veces con la misma piedra, si no que, desde su primera caída, ya no ha sabido reponerse, es más, sigue rodando sobre el lodo de su propio vómito, de su íntima descomposición moral y emocional.

Este encierro no nos va a cambiar nada, si acaso, aumentará el volumen de nuestro propio ego.

El virus podrá ser vencido, pero no nuestra inútil, egoísta y contradictoria condición humana.

Con la pandemia nos ha llegado otra nueva forma de entender el arte: los artistas efervescentes.

Llamadme sibarita, refinada, inculta o sobradamente estúpida.

En algunos casos el arte ha dejado de ser arte para convertirse en una machacona insistencia para demostrar que cantamos primorosamente, somos los mejores rapsodas o tocamos el violín chirriando y desganados; eso sí, siempre muy solidarios.

Pero la solidaridad no necesita de emergentes artistas, a veces el silencio es su mejor aliado. El arte no es un herramienta para expiar pecados, abanderar vanidades, ni alimentar egolatrías. Y mucho menos a costa de una pandemia.

Los artistas ya existían antes de la pandemia y resultaban ser bastante ignorados, molestos y minusvalorados.

Si acabas de encontrar tu vocación:

No es necesario que, diariamente, cantes ese himno ridículo en el balcón, mandes videos recitando a poetas que ni siquiera conoces, ni intentes enternecerme el corazón con paisajes bucólicos en medio de la nada, rodeado de margaritas.

Déjame vivir este duelo de crisálidas imberbes sin interrupciones, sin descubrimientos magnánimos de tu alter ego. 

P.D.:  Y ahora es cuando mi madre me dice: "Hija mía: calladita estás más guapa"

Así va mi corazón, como una montaña rusa. Tan pronto llega a la cima en un suspiro, que cae envuelto de vértigo y pesadumbre hasta los pozos infinitos del silencio.

Así varía el paisaje de su latido, cabalgando entre la primavera y el más árido invierno, atravesando el más frío de los veranos envuelto en la capa fertilizadora del otoño. Pura contradicción. Enigma incompleto.

También para él vendrá un descanso, cuando cierren el parque de atracciones y abran las puertas de los jardines.

Por entre las rendijas de mi alma entra el color de la calle. Afuera es primavera, pero ninguna de sus tonalidades parece permanecer hoy. Aquí sólo entra el gris, el sucio gris del asfalto, de la soledad, de la enfermedad, del miedo y la incertidumbre.

Afuera es primavera: en mi casa, en los ojos de mi hija, en el balcón de mis padres, en la sonrisa impecable de mi amante, en los buenos días de mis hermanos, en las buenas noches de los amigos. 

Mirándolo bien, lo que antes era negro empieza a ser gris. Vamos avanzando.