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Cuando Alberto entró en la tienda supo enseguida que aquella maleta era la suya. A simple vista podía calcular su espacio interior. El cuerpo de Aurora cabría perfectamente.

La dependienta le dejó recorrer el establecimiento con total libertad, sabiendo que entre la gran variedad de maletas que ofrecían, el cliente podría encontrar la más adecuada. Cuando le vio acariciar la de piel granate, supo que la elección ya estaba tomada. Era la más grande que tenía en stock, quizás por ello la venta se resistía, ¿para qué llevar un bulto tan grande pudiendo repartir el peso en dos? Sin embargo el hombre parecía tenerlo muy claro.

-¿Cuál es su precio?- preguntó el cliente.

-Ciento veinte euros-contestó la chica.

-Me la llevo-dijo el hombre.

-Tengo otras, de ese tamaño, que llevan ruedas y son más fáciles de transportar, sea cual sea el objeto- le sugirió la dependienta.

-No, no, gracias. Además no es un objeto lo que voy a transportar.

La chica bajó la maleta de la estantería.

-¿Es para regalo? ¿Se la envuelvo?

-No, no, me la llevó puesta- quiso bromear el hombre, aunque su rostro sólo reflejaba una adusta seriedad.

Cuando llegó a casa, allí estaba Aurora, tumbada en el sofá. Sus ojos cerrados recordaban a una diosa griega yacente. La observó durante largo rato hasta que le cogió de la mano:

-Despierta cariño, he comprado una maleta más grande, el truco de magia hoy nos saldrá mejor.


Entramos en los bares.
Comentamos las noticias.
El rumor de las paredes.
Nos quejamos.
Culpamos, escupimos y arañamos la memoria silenciada por el miedo.
Somos una generación-puente entre una dictadura atroz y una democracia ciega.
Somos el resultado de una historia no resuelta.
La herida sigue supurando.
No me pidáis pasar página.
Somos el eco que todavía resuena más allá del impío temblor de las cunetas.
No estoy preparada para la falsa tolerancia.
Sigo en pie con el dolor artrítico de la esperanza.
El humo sólo es la niebla que adelanta el gozo del mañana.

Lennon Papá Noel

A nuestro querido perro Lennon, que se ha marchado de viaje

Un aroma premonitorio de desvirgada muerte ronda mi casa.
Estos muros que la contemplan se han vuelto un mausoleo de herméticas rendijas desde donde escampa sus luengos brazos de guadañas incansables, estas paredes encaladas de esperanza, se han tornado un espada incesante de ausencias irrecuperables.
Ahora te has ido tú, con el silencio desgastado de una agonía persistente,
con el aullido mudo de los fieles compañeros de la luz,
con la delirante beatitud de esos arcángeles caninos que buscan el húmedo hocico de la vida infinita,
del amor gratuito más allá del propio sendero de los tímidos calendarios.
Te has ido tú cansado de regalarnos tus ojos siempre atentos,
la voraz lengua que lamía nuestras pesadillas diarias,
ese aliento dulce de jugosas lechugas que te hacía saltar a brincos sobre el entramado del universo.
Te llevaremos siempre sobre las heridas que el latido nos imprime en el corazón
porque hay amores que, de tanto tornarse generosos, sólo saben ser eternos más allá del tiempo y la memoria.