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Despacio, como relamiendo el asfalto,
la pura sed del atropello,
la mimética beatitud de las ventanas que corren
sus velos sobre el alfombrado crepitar de los cojines.
Y llueve...
llueven injusticias...
llueven soledades...
llueve hambre...
llueve la eterna desazón del que no sabe como abrocharse la vida,
como desmembrar su eco,
como tiznarla con el azúcar preciso y el acíbar suficiente.
Y los paraguas saben a atropello,
a lenguas que se cruzan en conversaciones no latentes,
a díscolas madreperlas que crecen, huérfanas,
en el oscuro laberinto de una despedida sin norte.
Pero llueve... y eso es lo importante...
este torrentero de líquida armonía, se llevara el silencio,
la ira que nos divide,
el odio que nos limita,
y ese sabor a rancia primavera comprada
en los mercados que especulan con la sangre de tanta víctima inocente.

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Recuerdo que nací hace años, era tan pequeña que ya ni el odio de la dictadura me rozaba,
ni el hambre, ni el silencio, ni siquiera la emergente divinidad de los eternos arcángeles vengadores del pluscuamperfecto purgatorio.
Nací virgen y excéntrica, botón de mayo,
recién vestida para tomar la primera comunión de los cálices del viento.
A lo lejos, más allá de la frontera de osborne y el seiscientos,
se respiraban margaritas, volutas de humo de hierbas libertarias con sabor a eternidad.
Una playa que nunca llegaba y estaba detrás de una colina.
La televisión en blanco y negro, el ángelus a mediodía, y el sol entrando por los ventanales del mundo como si la vida acabara de empezar en ese instante en el que nos imaginamos felices.
Ese instante que no se vuelve a repetir nunca.
Nacer es un segundo en el tiempo inmemorial del infinito baldío.
El resto es solo la cómica representación de nuestro propio sueño que se va alargando hacia el pozo inclemente del adiós.
Recuerdo que nací hace años, casi siglos, y el mundo parece no haber cambiado
salvo por este vértigo que da asomarse al balcón de la vida y verse, cada vez, más cerca del olvido.

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Vienes nadando desde el ambarino paraíso de los besos desbocados y una legión de sirenas imberbes te traen en volandas hasta la costa azulada de la vida remota.
La primavera desciende para engalanarte de lluvia y hay un torrente de amapolas ingenuas que publican tu nombre sobre la hiedra que busca el sur de las manos.
Ya llegas sobre el aliento limpio de un horizonte de estrellas, en un barco de nácar sobre los brazos del viento, anhelado regazo de algodones y perlas.
Y extiendes tus alas sobre la fértil marea para iniciar el vuelo de los siempre vivos, de los eternamente susurrados en el amanecer del mundo.
Frutal y diáfana.
Transparente y precisa.
Candil enamorado del universo en tránsito que circula sobre un útero de espuma.
Rosáceo latido.
Toda tú. Toda vida.

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                                                           Para Mario, Benedetti, Llorente.
Guapo, listo y, además, valiente.

En mi casa comemos poesía todo el día.
Por la mañana:
magdalenas de prisas para llegar al cole
sin legañas ni hambre.
A mediodía:
un primer plato de versos,
salpicón y rimas, rustidera de tildes
y unas fresas con nata con sirope de acentos.
Para la tarde:
deberes y tele
y un "te quiero mucho" rebozado en chocolate
entre sonetos que buscan
los algodonados brazos del asonante sofá.
Después llega la noche
y el pijama se llena de sinónimos azules,
desdentadas estrellas que incineran príncipes
en la agonía láctea de la esperanza.
En mi casa comemos poesía todo el día,
para que luego no digan
que vivimos del cuento.

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                              Para Claudia y Pablo en su cumpleaños
Existe un lugar mágico, después de pasar altas cumbres y curvas empinadas, donde el tiempo se detiene en el latido de una hoja. A lo lejos parece que existe una civilización de prisas y números, de bolsillos hambrientos y platos en penumbra, pero eso queda siempre detrás de las montañas, más allá de los vaivenes y la autopista, más al fondo de los restaurantes con menús apresurados.
Es nuestro paraíso particular y que lleva el nombre de nuestros sueños, el de los que fueron y se cumplieron, el de los que son y se disfrutan, el de aquellos que vendrán, engalanados de luz y vida plena. Es nuestro paraíso de barro y madera ahuecada, de ciervos que comen de nuestra mano y moscas que se disfrazan de hadas imaginarias, de globos y serpentinas y desfiles honoríficos cantando una marcha nupcial al dios de los contenedores.
Y comer con las manos más allá del estómago, y sonarse los mocos con las piedras del río, y descalzarse y volar sobre el infinito pecho de la Serranía de Cuenca que nos eleva en volandas como una cometa de lírica espuma.
Y volver a ser niños eternamente, más allá de estos ojos que nos acarician la memoria mientras nos soñamos ángeles a través de vuestras dulces risas.