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Cuando era una niña
soñaba con encontrar un príncipe azul,
un galante caballero, un enamorado eterno;
por eso, hasta bien entrada mi juventud,
errante por los lagos y las charcas,
oteando entre los juncos y las charcas,
hallé y besé la boca de todas las ranas.
(Nadie me enseñó jamás
que hay cuentos que son ciertos
sólo a medias)

"Pájaros en la Memoria"

Todos tenemos muertos a los que honrar y mostrar nuestro más íntimo recuerdo.
Ellos sólo necesitan silencio y respeto.

Todos tenemos vivos a los que amar y besar.
(Y también regalar flores, de vez en cuando,
y hacer real nuestro más veraz respeto.)

Todos tenemos una vida antes y después.
Todos tendremos una vida y una muerte.
Lo que hoy es pura vanidad,
mañana será polvo y olvido perpetuo.


Cuando llegaron las banderas yo ya estaba allí.
Todos estábamos allí.
El ser humano está fabricado de lino, de algodón y melaza de hilo.
Luz vegetal blandiendo la espada lunar de los deseos.
Gusanos de la seda y el desencanto
tejidos sobre uniformes de patrones desvencijados.
Impasibles volutas de pasiones desbordadas entre la lana del olvido.
Somos fibras,
fibras de amor,
fibras del llanto inmaculado de la esperanza.
Cuando llegaron las banderas, el odio y las fronteras,
yo ya estaba allí.
Todos estábamos allí.

Foto | Onda Cero


No queda espacio para la risa.
No queda espacio para el amor.
No queda espacio.
No queda.
No.
Sólo somos el espécimen imperfecto de un barro inventado en el laboratorio de un credo.
Nos ha robado la dignidad,
el silencio y la sonrisa.
Sólo somos el eco desolado
de una muerte que se renueva cada día.
No queda espacio para la risa.
No queda espacio para el amor.
No queda espacio.
No queda.
No.

Foto | Taringa

2

crecer
No nos queda más que crecer, hija mía.
Crecer hacia arriba,
hacia el suelo,
hacia el epicentro de la duda y la memoria.
Hacia el mismo infinito inexplicable de la ausencia.
Hija mía,
es nuestro único destino,
mi único legado,
la filosofía errante de mis pupilas.
El colofón distraído de mis latidos.
Crecer en el latido y la sonrisa,
en la perpetua insistencia de los errores,
en las mínimas huellas de los aciertos,
en la luz y en la sombra,
en la fugacidad de los besos.
He aquí el testimonio de mis vísceras.
La única verdad que hoy conozco.
Crecer...crecer...crecer.