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El verano me aletarga, me anula, me diluye como un montaña de desoladas aristas que quisieran huir de la propia raíz de la naturaleza.
Odio el calor y sus vísceras agónicas y cuanto mayor me hago más me afilio al paraíso de los glaciares, a la eterna resurrección de los carámbanos enamorados, a la deslizante transparencia de los espejos titánicos.
He vuelto porque acaban de anunciar lluvia para cualquier segundo del reloj.
Porque el otoño ya tintinea tras el desconchado calendario.
Porque acabo de respirar tres veces y no me ha ardido la garganta como una pira de volutas infernales.
Creo que a partir de ahora voy a intentar ser mejor persona, no quiero ir al infierno hasta que, por lo menos, no apaguen las estufas.