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10

Cuando dejamos de ser niños nos convertimos en paraguas cerrados.
Miméticas macetas en un balcón sombrío.
Desvencijadas fuentes ocupando parques de siniestras soledades.
Cuando cerramos el libro de los cuentos para abrir el de las cuentas,
y sollozamos por los hospitales con las pólizas impolutas de los mil ocasos
mientras desdeñamos las piruletas que nos regala la planta de neonatos.
Cuando nos despeinamos las trenzas para cosernos los bolsillos,
y las manchas de carmín se interponen a las de nocilla,
entonces suena la tímida alarma que detiene al mundo en su lírico caminar,
entonces llegan los bomberos, la policía y la ambulancia,
pero ya es tarde, la niña que fuimos se ha quedado temblando al fondo del túnel
mientras nos sonríe con la voluntad precisa de un adiós definitivo.
Cuando dejamos de ser niños nos convertimos, aunque nos pese,
en tímidos zombies, recién salidos de la peluquería y con la ropa planchada,
listos para comerse el mundo desde el mismo desaliento de la yugular.

6

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Pues sí, Marichis, parece que una se queda durmiendo, de repente, entre la última sílaba y el primer suspiro en suspenso de un verso enloquecido y mohoso. Que se recluye del mundo y su tránsito, de la vida y su beso, de la muerte y su daga. Pero es mentira, somos omnipresentes, aun quedando en el silencio, porque estamos hechos del mismo barro de dios, porque somos dios, porque nosotros lo inventamos para excusarnos ante el miedo y la pereza de ser libres. Ahora cuelga el teléfono, como siempre, y reza un responso engolado para mis asesinatos premeditados. Estoy dispuesta a ir a la horca, pero antes déjame decirte que, aunque parezca muerta, siempre vuelvo porque yo soy de las que insiste y tropieza, eternamente, en la misma piedra.