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Llegada la hora intentamos irnos,
dejamos de respirar,
nos cierran los ojos
y se llena de vacío la memoria fugaz del calendario.
Se cubren de cera las oraciones inventadas
y un tímido halo de bondad y pergamino
sobrevuela el tejado de los hogares sin rumbo.
Queremos irnos
para comernos la tierra del alacrán y la hormiga,
desnudos de huesos,
ya sin sed en el costado de los pozos vacíos.
Intentamos irnos,
nos llama el cansancio,
la pétrea voluntad del mármol yacente,
el ocaso dividido en columnas de humo.
Pero siempre hay un eco de aromas renovados
que, resistiéndose a la huída,
nos llena de huellas los zapatos imberbes,
como recién estrenados hacia la luz del mundo.

Foto | A la luz del silencio

 

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Pastillas de fresa para la mala conciencia. Unas gotas de jarabe de agua para el dolor de memoria. Tres apósitos de mermelada cuando el desamor aprieta y un masaje en la ternura cuando se altera la neurona del olvido. Hay que seguir una dieta estricta de risas y besos. Ejercicios a diario para los males de optimismo y una faja de gomaespuma desde las cervicales del odio hasta el tobillo de la pereza. No olvidarse de diluir dos grageas de regaliz al llegar el mediodía en medio vaso de suspiros, y tomarse la temperatura, en la frente y con termómetro de lluvia,  cada vez que el reloj nos recuerde la hora de reír. Después, relajarse mirando a levante con los ojos renovados de los niños que fuimos hace apenas dos días y rezar el salmo de los dioses lunares con la devoción azul de los ateos imprecisos. Si acaso la melancolía quisiera persistir, sólo una inyección de luz en la séptima costilla por aquello de evitar un transplante de sicóticas efervescencias. Por la noche, eso sí, nunca viene mal la explosión jubilar del lírico supositorio para acabar entregados, sobre la extenuación del paraíso, a la voraz locura del milagro de vivir. Y cortisona para el amor, y aspirinas para la esperanza, y tiritas para las heridas del llanto... y abrazos, y sonrisas, y luz... Todo eso me encontré cuando, buscando esperanza, me asomé al maletín del enfermero Tarín.

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Hoy me he levantado con ganas de Gloria, pero no con esa de los aguerridos vencedores de batallas incruéntas, ni tampoco con la otra de los laureados adalides de la cultura, ni siquiera con la que pintan, musitando oraciones, los eternos salvadores de almas imposibles. Hoy me he levantado con  tanta suerte, que sólo quiero la gloria de Gloria Fuertes. Hoy hace trece años que se fue a escribir versos a otra galaxia, por eso mientras espero nuestro reencuentro me gusta recordarla con aquellos poemas que nos dejó aquí.

No sé de dónde soy.
No he nacido en ningún sitio;
yo ya estaba
cuando lo de la manzana,
por eso soy apolítica.
Menos mal que soy mujer,
y no pariré vencejos
ni se mancharán mis manos
con el olor del fusil,
menos mal que soy así…

De su libro “Aconsejo beber hilo. (Diario de una loca)” – Editorial Torremozas

 

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Escribimos para dejar constancia del silencio que puebla los vacíos del olvido.

La soledad infinita de los malecones rotos.

El minúsculo crepitar del llanto antiguo que sigue horadando la roca con su incontable levitar de mariposas imaginarias.

Escribimos para seguir viviendo pese a todo, pese a nadie, sobre la cúpula nefasta del último suspiro.