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Recuerdo hace unos años... bueno, en realidad unos meses, recibíamos los viernes con esa alegría explosiva con la que los niños esperan la mañana del 6 de enero. 

Hacíamos planes, quedábamos con los amigos, con la familia,  y se nos abría una expectativa mágica y sorprendente para dos días de descanso, de fiesta o de crecimiento personal entre el aburrimiento y la apatía precisa.

Sin embargo, ahora, los viernes han quedado desplazados. Se han quedado temblando en el borde del calendario como aprendices de funambulistas o  magos jubilados que dejaron la chistera olvidada en cualquier rincón de la memoria.

Volverán de nuevo cuando sepan que estamos preparados para una explosión de sana alegría.

Los virus habitan y cohabitan con nosotros desde que el ser humano puso el pie fuera de la caverna. Se ajustan la corbata, dictan leyes, se atusan sus bizarras barbas y ocupan las tiendas de lujo con una tarjeta tan "black" como su conciencia.

Son virus de etiqueta, de falsa buena educación y de pelaje ambiguo. Pequeñas lagartijas que siguen avanzando aunque les corten la cola, gallináceas presuntuosas con el cuello siempre intacto aun sin cabeza. 

Virus que forman intachables pandemias de egoísmo desbordado y avaricia ilimitada. Virus sociales, vitoreados y alabados. Virus que ocupan portadas de periódicos, posados en revistas y largas entrevistas en televisiones nocturnas con la audiencia reducida al minúsculo tamaño de su cerebro.

Virus contra los que, desgraciadamente, no existe vacuna, sólo aplausos.

Más allá de los crespones negros, banderas a media asta, silencios íntimos o mutismos gubernamentales, existe y persiste el luto.

El luto como espacio habitable para la nada, para el vacío sin despedida, para el rezo místico de la indiferencia que se desliza por las grietas del primer mundo. Este mundo resquebrajado como una vasija de porcelana y que agoniza hecha añicos en tantas cunetas de la historia.

El luto es esa mancha insidiosa imposible de eliminar y que nos recuerda, cada día, que si la vida es breve, la muerte se eterniza como un océano de insondables fronteras. La muerte, es el punto y final que pone nombre a nuestra fragilidad humana. Nada más.

Los seres humanos somos lanzados al vértigo de la vida sin manual de instrucciones, sin máculas ni pecados, sin conciencia ni  valores, sin más sentimiento que la pura necesidad de supervivencia. Todo vendrá determinado según lo que recibamos.

Por eso a amar se aprende amando.

Gracias por estos 25 años.

Seguimos caminando, aprendiendo juntos.