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La obediencia es la primera lección que aprendí tras mi nacimiento.

Es lo que tiene ser la primogénita de una familia obrera y numerosa, nacer en un país fascista,  estudiar en un colegio de monjas y tener el polvorín justo para dos petardos sin mecha que sólo se han quedado en los vértices de unas palabras sin rima.

He rezado tantos rosarios que he perdido la cuenta y las cuentas. El estómago me regurgita: tengo indigestión de sapos y culebras. Y en la espalda no me queda hueco para más puñaladas.

Ante tal panorama, el perdón fue la segunda lección.

Y ahora, llegado este momento, me toca resucitar mis dos grandes lecciones:

  • Obedezco. Me quedo en casa. Uso guantes y mascarilla una vez a la semana, cuando salgo a comprar los víveres justos para abastecernos. Limpio con lejía. No beso a mi marido ni a mi hija.  Respiro a ratos y sin nocturnidad ni alevosía. A mis padres y a mis hermanos los veo a través de fotografías y hablo mucho, hablo en silencio para no desentonar con este místico holocausto que nos habita. 
  •  Perdono. Apenas sé de nada, por lo tanto, perdono. No soy gestora, política, médica, científica, sólo soy una aprendiza de casi todo y maestra de casi nada. Las monjas también me enseñaron a perdonar. Sin embargo, aquí todavía estoy en primaria. Para llegar a bachiller, creo que me quedará, como mínimo, otra vida.

Asumo mi condena: yo también soy verdugo.

Mientras tanto, aquí estoy. Aquí estamos.

La vida nos ha condenado para darnos una nueva oportunidad.

Somos obedientes. Nos perdonamos. 

¿Aprenderemos?

¡¡Vamos a ello!!

 

De repente la vida nos ha dado un empujón y nos ha enviado al rincón, a la silla de pensar.

Quizás sea el momento de dejar a un lado  el visceral egocentrismo que rodea, eternamente, al ser humano. Quizás sea el momento de desterrar esa estúpida idea de que somos los reyes de la Creación. ¿Quién nos dijo que estábamos por encima del resto de criaturas que habitan el planeta? ¿Quién nos empujó a la destrucción, a la propia masacre de nuestro destino?

Es el momento de empezar a pensar en plural. 

La vida nos ha dado un empujón y nos ha mandado a la silla de pensar.

Debajo de mi casa hay un despacho de pan. La dependienta se llama Mari. Ninguno de estos días de aislamiento ha dejado de abrir su panadería. Su sonrisa ilumina todo el barrio como una catarata de fuegos artificiales, ahora reflejada sólo en sus ojos.

Como en una letanía de primero de catecismo, hemos aprendido a rezar una oración de esperanza:

El pan nuestro de cada día dánoslo hoy.

Y Mari, enfundada en sus guantes y con su mascarilla reglamentaria, guardando la más prudente de las distancias, nos entrega el bien más preciado del día. 

Menos mal, hoy sólo pasaremos hambre de libertad.

Un día menos. Un día más. 

El calendario sigue su curso. Abril se ha abierto paso sobre el desolado tránsito de las horas vacías. 

Recuerdo a Machado: "Abril florecía frente a mi ventana". Y así es. También frente a la mía se desboca la primavera. Un revuelo de verbenas, margaritas, prímulas y geranios, nacen y se aglutinan más allá de la vida del ser humano. 

Mientras nosotros tratamos de sobrevivir, encerrados en la propia soledad de nuestros errores, ellas nacen, respiran, se multiplican. Quizás este sea el momento.

"Abril florecía frente a mi ventana".

El planeta Tierra respira cuando la humanidad se detiene.

La Madre Gea me cuenta: "habéis tocado fondo".

Quizás algún día alguien recuerde que hemos muerto, como el que muere frente al escaparate de una floristería en abril.

Pero ahora, de momento,  toca resucitar.