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Para Rafa y para Álvaro

 

 

 

 

 

Venía a comer en su balcón con la esperanza de las migajas disueltas en el calendario. Se alimentaba con poco: algunos restos de pan, una gota de leche acurrucada en el alfeizar o la fibra disimulada de una díscola hoja de lechuga.
A hurtadillas y todavía con sueño, se encaramaba a dos patas, ahuecaba las alas y dejaba entonar un tímido piar como la canción antigua de las madres insomnes. La casa, entonces, se llenaba de ventanas despeinando el levante de las cortinas y en sí misma florecía con una destreza innata de abrazos y de flores.
La bautizó como Pepa porque traía el aroma de salitre y libertad de la caleta de Cádiz y sintió como si llevara volando muchos años, casi doscientos, por el cielo desértico de la tolerancia.
Me enseñaron a amarla y esperar su llegada en las madrugadas limpias de abril, sabiendo que, a menudo, las inclemencias del miedo le harían cambiar el rumbo de nuestra cita.
Ella siempre fue fiel, adivina los corazones de los amores sencillos y quizás algún día, antes de que llegue el adiós para las alas y el beso, venga a despedirse con una rama de olivo prendida en la memoria de la esperanza.

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Pastillas de fresa para la mala conciencia. Unas gotas de jarabe de agua para el dolor de memoria. Tres apósitos de mermelada cuando el desamor aprieta y un masaje en la ternura cuando se altera la neurona del olvido. Hay que seguir una dieta estricta de risas y besos. Ejercicios a diario para los males de optimismo y una faja de gomaespuma desde las cervicales del odio hasta el tobillo de la pereza. No olvidarse de diluir dos grageas de regaliz al llegar el mediodía en medio vaso de suspiros, y tomarse la temperatura, en la frente y con termómetro de lluvia,  cada vez que el reloj nos recuerde la hora de reír. Después, relajarse mirando a levante con los ojos renovados de los niños que fuimos hace apenas dos días y rezar el salmo de los dioses lunares con la devoción azul de los ateos imprecisos. Si acaso la melancolía quisiera persistir, sólo una inyección de luz en la séptima costilla por aquello de evitar un transplante de sicóticas efervescencias. Por la noche, eso sí, nunca viene mal la explosión jubilar del lírico supositorio para acabar entregados, sobre la extenuación del paraíso, a la voraz locura del milagro de vivir. Y cortisona para el amor, y aspirinas para la esperanza, y tiritas para las heridas del llanto... y abrazos, y sonrisas, y luz... Todo eso me encontré cuando, buscando esperanza, me asomé al maletín del enfermero Tarín.

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                                                                                Para mi familia andaluza

Nos embellecemos al contacto con la gente,
con la buena gente.
Cada cual con su mirada y su ritmo,
su olor y sus manías,
su agónica sed de edades imperturbables
o la esencia multicelular de su oxígeno.
La buena gente nos lanza en altura,
nos sumerge en abrazos
y nos manda señales de humo a través de los párpados
que emana el almíbar de la esperanza.
Son los grandes desconocidos del calendario,
los anónimos transeúntes de la luz cotidiana,
los que no aparecen en listas ni en preámbulos
y soportan el peso de la vida a lomos de su espalda.
Son los que expanden células y sonrisas a partes iguales,
los que besan sin miedo, sin pudor ni pecado,
los que saben que la libertad es mucho más que un silencio,
mucho más que un olvido o una ley obsoleta en los anales de la historia.
La buena gente es el sol de los días grises,
el punto y seguido de un domingo perfecto,
la beatitud bordada en carne
o la concupiscencia hecha milagro.
La buena gente está a nuestro lado
por eso, de tanto verla, a menudo, la olvidamos.

Foto | Al sur del sur