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Me gusta que me pregunten.
Me gusta responder.
Adoro sentirme como una voluta de humo que acaba disipándose en el eterno éter de la luz.
Quiero ser responsable de mi voz y mi palabra, de mi presente y mi pasado, del futuro que dejaré a mi hija y a los hijos que vengan poblando las inciertas tormentas de la Tierra.
Yo tengo derecho a responder.
Yo tengo obligación a decidir.
Yo tengo voz.
Voz.
Voz y palabra.


2

Reconozco que pocas veces he sido de sentimientos negativos, siempre he intentado buscar la parte positiva de las, incluso, caras ocultas del ser humano. Me ha costado muchísimo trabajo llegar a entender que pueda existir gente que se lucra y enriquece con la pobreza y miseria de los demás. ¡Tonta de mí... yo creía que aquello había pasado a mejor vida y que estaba enterrado junto a la negra historia de la España más inquisitiva! Yo era de las que creía en la clase política. Cada día de elecciones era una puerta que se abría hacia mi voz y mis manos. Y siempre acepté las decisiones de la mayoría (aunque ni de lejos me rozaron). Este año ha sido como crecer de golpe desde la mediocridad social que me habitaba. Lo siento, políticos de España, ya no creo en vosotros, ni en vuestras promesas, ni en vuestros mensajes de buena voluntad. Ya no quiero pagaros vuestros trajes de diseño, ni vuestras cenas en magníficos restaurantes con menús de cinco estrellas, tampoco regalaros zapatos, ni parcelas de terreno donde agonizan los pinos, la carrasca y la ardilla. Y no quiero ya ser generosa con vosotros porque mis amigos tienen hambre por vuestra culpa; porque no encuentran trabajo por vuestra mala gestión; porque no hallan esperanza de vida, por vuestros despilfarros; porque el único techo, al que tienen derecho es al de esperar que sus hijos sean tratados con un mínimo de dignidad, esa dignidad que no llega nunca. Mientras me quede un hálito de esperanza, seguiré luchando.

Foto | Petrer al día