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Los muertos solo quieren paz, por eso levitan por los huertos húmedos de la memoria, como escolopendras de verano, ajenas al calor y al llanto, a la inmediata luz de los cuerpos ascendentes.
Los muertos quieren ser dignos y efímeros, con la justa eternidad de un suspiro baldío, de una delicada beatitud que revierte en los pozos animados de la memoria más digna.
Son los muertos del precipicio eterno, los del olvido perpetuo e insidioso, los desapegados del mundo y sus ancestros. Los que solo quieren ausentarse del pozo y las cenizas, de las fotografías enclaustradas en portarretratos dorados sobre el humo perenne del blanco y negro.
Los muertos solo quieren olvidarse del carnal sufrimiento y, a menudo, los vivos también.

4

Hoy ha amanecido el día gallego: lluvioso y lleno de preguntas. Apenas he abierto el paraguas, una sensación de naufragio me ha calado la memoria. Tengo que empezar a desordenar los cajones, a romper viejas fotografías, a incinerar en el olvido tanta herida descubierta, tanto llanto quebrado en los paisajes del tiempo. Quemar rastrojos y mangas, botones y cucharas frías, bolsillos llenos de lodo taponando las ventanas que siempre dan al mediodía.  Y la lluvia cae, como sin cielo, como un milagroso maná que invitara a la despedida.