Saltar al contenido

6

Para Rafa y para Álvaro

 

 

 

 

 

Venía a comer en su balcón con la esperanza de las migajas disueltas en el calendario. Se alimentaba con poco: algunos restos de pan, una gota de leche acurrucada en el alfeizar o la fibra disimulada de una díscola hoja de lechuga.
A hurtadillas y todavía con sueño, se encaramaba a dos patas, ahuecaba las alas y dejaba entonar un tímido piar como la canción antigua de las madres insomnes. La casa, entonces, se llenaba de ventanas despeinando el levante de las cortinas y en sí misma florecía con una destreza innata de abrazos y de flores.
La bautizó como Pepa porque traía el aroma de salitre y libertad de la caleta de Cádiz y sintió como si llevara volando muchos años, casi doscientos, por el cielo desértico de la tolerancia.
Me enseñaron a amarla y esperar su llegada en las madrugadas limpias de abril, sabiendo que, a menudo, las inclemencias del miedo le harían cambiar el rumbo de nuestra cita.
Ella siempre fue fiel, adivina los corazones de los amores sencillos y quizás algún día, antes de que llegue el adiós para las alas y el beso, venga a despedirse con una rama de olivo prendida en la memoria de la esperanza.

9

                                                                                Para mi familia andaluza

Nos embellecemos al contacto con la gente,
con la buena gente.
Cada cual con su mirada y su ritmo,
su olor y sus manías,
su agónica sed de edades imperturbables
o la esencia multicelular de su oxígeno.
La buena gente nos lanza en altura,
nos sumerge en abrazos
y nos manda señales de humo a través de los párpados
que emana el almíbar de la esperanza.
Son los grandes desconocidos del calendario,
los anónimos transeúntes de la luz cotidiana,
los que no aparecen en listas ni en preámbulos
y soportan el peso de la vida a lomos de su espalda.
Son los que expanden células y sonrisas a partes iguales,
los que besan sin miedo, sin pudor ni pecado,
los que saben que la libertad es mucho más que un silencio,
mucho más que un olvido o una ley obsoleta en los anales de la historia.
La buena gente es el sol de los días grises,
el punto y seguido de un domingo perfecto,
la beatitud bordada en carne
o la concupiscencia hecha milagro.
La buena gente está a nuestro lado
por eso, de tanto verla, a menudo, la olvidamos.

Foto | Al sur del sur