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y asi vas a crecer

Hace años pensé que llegar a los 50 era un reto sólo superable por los grandes héroes de la contención o de los vampiros.
El año pasado llegué a esa bendita cifra. El medio siglo es un número redondo. Cuando una supera una cifra redonda sólo tiene que celebrarlo como merece: escuchando a los maestros para seguir aprendiendo (sólo a través del aprendizaje, y el asombro, nos sentimos conectados a la vida)

Benditos poetas que habéis sembrado mi camino de luz y esperanza.

Bendito Benedetti, gracias por este hermoso poema, por seguir regalándome puertas abiertas a la sorpresa.

Hoy mi cumpleaños es tuyo, porque existe vida más allá del medio siglo.

PASATIEMPO

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía

luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era océano
la muerte solamente
una palabra

ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros

ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

Mario Benedetti

poema tres morillas

TRES MORILLAS

Tres morillas me enamoran
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.

Tres morillas tan garridas
iban a coger olivas,
y hallábanlas cogidas
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.

Y hallábanlas cogidas
y tornaban desmaídas
y las colores perdidas
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.

Tres moricas tan lozanas,
iban a coger manzanas
y cogidas las hallaban
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.

Anónimo
(Siglo XV)

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Ayer fui al mercado como todos los sábados.
Día de verano. Lencería a buen precio y las pescadillas saltando entre los mejillones y el queso de cabra fresco.
Me gusta mezclarme con la algarabía frutal de las sandías, con el látex fluorescente de los minúsculos biquinis, con el crepitar silencioso de los enérgicos berberechos.
Me gusta la vida.
Y entre todo el gentío habitual algo llamó mi atención: los políticos habían salido a la calle, se habían mezclado con la gente.
De momento pensé que un milagro había asolado España, los 500 años del nacimiento de Santa Teresa no podían pasar desapercibidos. Pero no, no era algo tan místico y apetecible, simplemente eran unas nuevas elecciones municipales: las que más me gustan, las que refrescan la memoria, las que desenmascaran y maquillan, las que contagian los virus de la hipocresía en una pandemia de patéticas dimensiones.
Les sonreí a todos, les agradecí que salieran a formar parte del mundo que dirigen, que se mezclaran con este almizcle de hedores y perfumes humanos, de dolores que ellos firman, de alegrías que rescatamos pese a sus malas gestiones.
Acepté sus propuestas y sus buenas intenciones.
Mi memoria ya empieza a ser histórica y mis ancestros, todavía, me pellizcan los riñones.
Ya no me engañan.
Soy el eco repetido de un ayer que sigue presente sobre la esperanza de una nueva puerta abierta a la luz de una incógnita permanente.
Reconozco a los culpables y no les perdono.
No perdono sus delitos, sus silencios, sus estrategias ni su complicidad.
Por eso voy a abrir nuevas ventanas hacia el horizonte de la esperanza.
Y así, esquivando promesas y sonrisas que caerán en saco roto, me voy al mercadillo, como cada sábado, a buscar la eterna sensualidad de los días iguales. Las jugosas sandías, los erectos plátanos, el delicado aroma del melocotón. Las almejas aplaudiendo mi llegada, los apetecibles pepinos, la miel del albaricoque o esa impúdica desnudez de las rojizas cerezas.
Efectivamente, habían llegado las Erecciones Municipales y como no tenía otro deseo, me fui a bailar rock and roll con aquellos que más quiero.