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Todavía estamos aquí esperándote. Deshaciendo nudos, besando mascarones, peinando las espumas fugaces de un mar cada vez más embravecido.
Todavía estamos aquí esperándote. Tendiendo lianas de calcetines y jazmín, apurando pozos de lodos inclementes, encendiendo hogueras de pasiones desbocadas en el filo invisible de la esperanza.
Todavía estamos aquí esperándote. Amándote, deseándote.
Ahora que el otoño viene templando de ocre la estación fugaz de los días sin nombre.

                     Para vosotros, que ya sabéis quienes sois
Los amigos son los amigos y es una estupidez intentar evitarlos.
Son esos seres que están ahí, alentándote el verano, escondiéndose detrás de una palabra o dando el beso justo cuando, al atardecer de los domingos, tienen que limpiarte los mocos del olvido, la putrefacción de la tristeza o esa baba de melancolía y añoranza que se cuela por las cloacas de la tristeza.
Son seres inmundos porque dan mucho y piden poco. Los que desconocen el límite del cielo y el infierno. Los que siguen tejiendo, como Penélopes incansables, la telaraña fugaz de los días iguales, el mantel desconchado del estambre y el hilo.
Los amigos, los verdaderos, se limitan a ser eso: amigos. El resto solo es un tránsito poblado de palabras encaramadas en las íntimas cimas de la memoria sin velo.