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Deshacer la maleta y la térmica pereza.

Poner a secar la añoranza y los bañadores azules.

Rasgarse el verano sobre las vestiduras del llanto.

Inventarse macedonias de fotografías y besos.

Buscarte la voz más allá de la lluvia,

el llanto más lejos de las líricas pupilas.

Y volver sobre las huellas, como la luz renacida,

enarbolando caminos de infinitas auroras.

Abrir las ventanas con distintos paisajes,

con el mismo horizonte en el que aterriza el otoño

y saberse más sabia, más inmensa, más plena

sobre los raíles imberbes del frutal calendario.

Ahora queda, de nuevo, extender las sábanas

en los cobrizos colchones que añoran inviernos

sobre el perpetuo recuerdo de los besos al sol

y esperar que otro benévolo destino nos encuentre

allá donde la luz nunca cesa de esculpir vida.