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Pastillas de fresa para la mala conciencia. Unas gotas de jarabe de agua para el dolor de memoria. Tres apósitos de mermelada cuando el desamor aprieta y un masaje en la ternura cuando se altera la neurona del olvido. Hay que seguir una dieta estricta de risas y besos. Ejercicios a diario para los males de optimismo y una faja de gomaespuma desde las cervicales del odio hasta el tobillo de la pereza. No olvidarse de diluir dos grageas de regaliz al llegar el mediodía en medio vaso de suspiros, y tomarse la temperatura, en la frente y con termómetro de lluvia,  cada vez que el reloj nos recuerde la hora de reír. Después, relajarse mirando a levante con los ojos renovados de los niños que fuimos hace apenas dos días y rezar el salmo de los dioses lunares con la devoción azul de los ateos imprecisos. Si acaso la melancolía quisiera persistir, sólo una inyección de luz en la séptima costilla por aquello de evitar un transplante de sicóticas efervescencias. Por la noche, eso sí, nunca viene mal la explosión jubilar del lírico supositorio para acabar entregados, sobre la extenuación del paraíso, a la voraz locura del milagro de vivir. Y cortisona para el amor, y aspirinas para la esperanza, y tiritas para las heridas del llanto... y abrazos, y sonrisas, y luz... Todo eso me encontré cuando, buscando esperanza, me asomé al maletín del enfermero Tarín.

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Abro los brazos y abarco el mundo

y me lleno de pájaros azules la mirada del viento

sobre el alfeizar inmundo de los días iguales.

Me visto de brisa azul,

de tiempo detenido en la lontananza del deseo

de clamorosos rictus entre alas y besos

que inician el sendero del imposible viaje.

Acaba de amanecer sobre el eco del tiempo

y el llanto se desvanece

enredado en las cortinas de la adormidera marchita,

más lejos de la íntima raíz silenciosa

que alumbra soledades sobre los pozos ciegos.

El horizonte recién se ha peinado de aurora

y yo estoy aquí,

esperando un milagro que nos devuelva la sed

sobre este imperio de esperanzas rotas.

4

Pues sí Mariasanta que ya he vuelto. Igual pensabas que había dejado este vicio mío de enredar palabras, hilvanar sílabas o adobar las tildes entre sofritos y remiendos, que es verdad que entre unas cosas y otras se nos pasa el día y la noche nos ataca por la espalda sin avisar siquiera, pero ¿qué quieres que te diga?... igual que siempre se sacan unos segundos para robar un beso, colarse en una pastelería o cruzar la calle con el semáforo en rojo, yo encuentro ese espacio íntimo y vacío, para llenarlo de improperios varios, pensamientos dobles o enconados gritos de rabia infantil enamorada. Que una ya no está para ir desperdiciando el tiempo y querer ganarle una batalla al calendario, ni para enredarse en trifulcas endemoniadas con el estrógeno y la libido, ni siquiera para permanecer intacta en los álbumes familiares, donde siempre parecemos unos recién condenados a muerte. Hay que sacarle partido a la luz, al latido y la memoria para dejarse llevar por esta marea de lluvia inicua que nos hace soñar, todavía, con eternas revoluciones llenas de claveles y mariposas. Que sí, Marisanta, que he vuelto y esta vez, por más que te pese, para quedarme entera.