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Estamos condenados al amor a distancia.

Los besos son un mero recuerdo que ha quedado flotando en el aire contaminado del silencio.

Pero yo sé que volverán. Volverán engrandecidos y voluminosos, como aves migratorias de excelsas alas.

El amor siempre supera al miedo.

Estamos destinados a la vida. 

La vida es silencio.

El silencio de un beso.

 

El horizonte de mi casa es amplio.

Detrás de las paredes huele a solidaridad y esperanza.

Aquí los besos se agazapan entre las almohadas, saltan sobre las sartenes y se sumergen, junto a las verduras, para alimentarnos con sopa de alegría. Me cuentan que muy pronto volverán a nuestros labios.

Hacía mil siglos que no nos mirábamos a los ojos con la incertidumbre de una incógnita imprecisa. Entonces, estábamos enfermos. Enfermos de prisa, rutina y avaricia. 

Ahora resucitamos. 

Desde el miedo, resucitamos a la vida.

Nos creíamos indestructibles, imprescindibles, todopoderosos e inmortales. 

Nos hicieron pensar que eramos los reyes de la creación.

Omnipotentes, pluscuamperfectos, idílicos e imperecederos.

Todo ha quedado en nada.

Silencio.

Primer día para la reflexión.