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Vamos caminando paso a paso como si la urgencia no existiera, como si la prisa hubiese quedado estática en un cuadro cubista, virtualmente abstracto.

Paso a paso, a veces queriendo acelerar la marcha, pero siempre con el lento augurio de la respuesta incierta. No hay voz que resuelva el enigma, ni oración que espante el espanto. Estamos en el camino y sólo nos toca seguir avanzando. A ritmo lento. Paso a paso.

Por amor al amor me levanto cada mañana.

Abro las ventanas, saludo al nuevo día, mientras una brisa de incontable alegría se instala en los adoquines desgastados por el uso del camino. Y cada paso es destinado a cruzar los puentes que me separan de ti. De ti que estás sufriendo, de ti que llevas la herida de un destino incierto, de ti que tienes miedo, de ti que has sido cazado por el dolor y la amargura. 

Cada uno de mis pasos es tuyo, cada voluta de oxígeno, cada palabra desprendida de este discurso ambiguo y sin tildes, escarchado de llamas, oloroso como un huerto explosionando bajo un parto de abril

Por amor al amor me levanto cada mañana.

Por amor a ti. Por amor a la vida.

Hay que avanzar, no tenemos más remedio.

Nos ajustamos la mascarilla, nos lavamos las manos y guardamos la distancia. Y avanzamos.

Despacio pero seguros. Intentando ser más rápidos que el bicho.

La vida se ha convertido en una carrera de fondo. Tonto el último.

Hoy es domingo todo el día. Veinticuatro horas de jovial alegría. Estamos confinados en casa pero nos da igual. No vamos a cambiar nuestras costumbres en favor de estos días grises.

La avenida, desde la ventana, se viste de luz, mientras una alfombra de hojas ocres oculta las desiertas baldosas. Sólo algunas tórtolas o el ladrido de un perro lejano, rompe este silencio de beatitud milenaria.

Parece que el calendario se ha quedado estático en el preciso instante del abrazo robado, pero no es así, la vida sigue, las horas avanzan y el horizonte, poco a poco, se va llenando de luz.

Hoy es domingo todo el día. Algo tendremos que celebrar.

Hay días en la que todo lo habita el cansancio. Este sopor de persiana cerrada desde la que solo se deja entrever un limitado estampado de paisajes miméticos.

Cuesta tomar oxígeno, demasiado esfuerzo para levantar la cuchara o peinarse la memoria. Casi he olvidado las normas de ortografía, el color de los semáforos o la medida del bizcocho. Para evitar el olvido, todo tengo que apuntarlo, pero también me agota.

La pandemia me ha lanzado a la cola del paro, no trabajar me causa cansancio.