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Entramos en los bares.
Comentamos las noticias.
El rumor de las paredes.
Nos quejamos.
Culpamos, escupimos y arañamos la memoria silenciada por el miedo.
Somos una generación-puente entre una dictadura atroz y una democracia ciega.
Somos el resultado de una historia no resuelta.
La herida sigue supurando.
No me pidáis pasar página.
Somos el eco que todavía resuena más allá del impío temblor de las cunetas.
No estoy preparada para la falsa tolerancia.
Sigo en pie con el dolor artrítico de la esperanza.
El humo sólo es la niebla que adelanta el gozo del mañana.


Tengo tantas batallas abiertas en mi vida que ya no sé por dónde empezar.

Tan pronto estoy en Stalingrado, en Waterloo, en el Ebro o en Constantinopla,
como de repente aparezco en las Termopilas, en Berlín, en Trafalgar o Lepanto.

Me aparecen Napoleones, espartanos, reyes imperialistas,
césares o dictadores bajitos y con bigote,
seres del inframundo, de la historia desbocada y persistente.

Acabo de desenfundar la espada, el fusil, la ametralladora y hasta la bomba H.

Soy más peligrosa que el pedo de un político retenido en el intestino bajo de la constitución.

He tocado fondo, de nuevo.
Sigo envejeciendo, afortunadamente.
Seguimos cabalgando, querido Sancho.

Los perros ladran.