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Estamos hechos de humo,
volutas de purpurina y nicotina,
llegadas y despedidas,
risas y llantos.

Estamos tiznados con el barro del Génesis
y las brasas del Holocausto.

Poseemos el don del gusano,
el alma del roble
y la eternidad de un copo de nieve.

Sólo somos el aliento que se queda prendido
en el labio amante,
en ese segundo preciso de un éxtasis lírico
y apenas percibido.

Somos, apenas, un placer errante
en la calentura inmediata de Dios.