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Chus, espéranos.
No existen los días iguales.
Cada segundo lleva impreso un aroma a distinta ingenuidad, a díscola aventura a enamorado vértigo sobre la cima del mundo.
No existen ojos iguales.
Cada iris regala unos paisajes distintos, con sus barrancos profundos con sus valles preñados de amapolas y botón de almendro.
No existen personas iguales.
No existen.

Un asesino es un asesino.
No es un hombre.
No es un amante.
No es un hijo.
No es un padre.
No es un amigo.
No es un vecino.

Un asesino es un asesino.
No es una enfermedad.
No es una herencia genética.
No es un problema transitorio.
No es un despiste psicológico.
No es una aventura transitoria.
No es una quemazón en la conciencia.
No es un impulso repentino.

Un asesino es un asesino.
Un ASESINO.

Todos tenemos muertos a los que honrar y mostrar nuestro más íntimo recuerdo.
Ellos sólo necesitan silencio y respeto.

Todos tenemos vivos a los que amar y besar.
(Y también regalar flores, de vez en cuando,
y hacer real nuestro más veraz respeto.)

Todos tenemos una vida antes y después.
Todos tendremos una vida y una muerte.
Lo que hoy es pura vanidad,
mañana será polvo y olvido perpetuo.