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Pues sí, MariFlash, "el que se mueve no sale en la foto".
Me lo dijo mi abuelo. Sí, el que no conocí. El que andaba por los pueblos haciendo teatro, aquellos dramas de pre-guerra que parece que auguraban lágrimas eternas en cada rincón de cada casa, de cada pupila, de cada latido perpetuo y desolado.
Ese mismo que bebió el amargo acíbar de las cárceles, del silencio y del cáncer. El mismo que dejó viuda y siete hijos.
"El que se mueve no sale en la foto",
y el que no es enterrado en tierra santa no va al cielo,
y el que no promete volutas de humo nunca será presidente.
Yo nunca seré presidente, ni llegaré al cielo y siempre salgo mal en las fotos.
Son los nervios, decía mi madre.
En cambio para mi padre es ese espíritu anárquico-piadoso que me ha acompañado siempre y que no han logrado descubrir si es genético, empático o sintomático de una esclerosis arrítmica conceptual.
Al final pensamos que es el destino, que por ser tan grandilocuente, algo habrá tenido que ver.
Pero es cierto, "el que se mueve no sale en la foto".
Se le puede asomar una oreja, la nariz desdibujada por la bruma de la prisa, ese rasgo de añoranza antigua, como de muerte premonitoria, pero ya no es él.
Lo que aparece en esa instantánea es sólo el perfume ensangrentado del brebaje milenario del olvido que persiste por hacerse presente eternamente.
El ser humano, MariFlash, sólo quiere ser eterno, por eso permanece estático frente al objetivo.
Lírico y magnánimo.
Impertérrito y perfecto.
Felizmente pletórico, como si recién hubiera eyaculado sobre la fugacidad de los alambiques yermos.
¡Qué razón tenía mi abuelo! "El que se mueve no sale en la foto", por eso yo sólo conservo las imágenes azules que lamen mi corazón, cada día, con bocados de esperanza.

Pedro-Reyes

Cuando un cómico muere, nos quedamos huérfanos en la risa.
La comisura de los labios se adormece.
El corazón se nos queda "desesponjado" y disléxico.
Somos un féretro andante de nuestra propia soledad.
Nadie como él supo enseñarme los cuentos.
Ahí empecé a ser joven.
Espéranos Pedro Reyes.

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Nos molesta la vida.

Sólo tienes que encender la televisión, dejarte deslizar por la página de un periódico, mimetizarte o abrir la puerta de tu casa hacia la calle. Sólo tienes que dejar de mirarte el ombligo para descubrir que la vida fluye a tu alrededor. Esa vida molesta, díscola, despiadada o mística; esa vida infinita que se enreda, a bocados intensos, sobre una humanidad que camina hacia las insondables fosas de un destino incierto.

Nos molesta la vida.

Opciones políticas para todos los gustos, conciencias y bolsillos. Palabras rimadas, versos huecos o pellizcos de alma. Cadáveres infinitos hilados en el recuerdo imperecedero de un instante. Voces que quedarán impresas en los muros etéreos de una Red tan maquiavélica como sacrosanta. Pero no es suficiente.

Nos molesta la vida.

Nos angustian los cambios, nos agobian los distintos, desconfiamos de lo desconocido. No queremos que nuestra mano izquierda sepa lo que hace la derecha (lo dice la Biblia). Preferimos seguir siendo el único habitante de un gigantesco ombligo, el Narciso primigenio de una egolatría enquistada en la memoria. Nos asusta el olvido.

Nos molesta la vida.

Odiamos el latido, la esperanza, la luz y el misterio. No queremos lanzarnos al vacío de la lluvia y odiamos los trapecios sobre el fondo indeciso de una red sin aristas. Nos sobra el pulmón del oxígeno, somos entes vacíos de riesgo que buscan el orto ineficaz del silencio.

Nos molesta la vida.

Hemos llegado al fondo.

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AQUELLOS LEJANOS DÍAS

No lo sabíamos entonces.
La vida era un derroche
de verbos clandestinos
y nuestros huesos eran
un frugal hervidero
de narcisos.
Pero no lo sabíamos.
La luz como un incendio
ceñía nuestros cuerpos
de extraño resplandor
para mirar los días
como si fueran redes
donde atrapar los sueños.
La vida era otra cosa.
Pero no lo sabíamos.
Entonces nos urgía
inaugurar palabras,
conjugar nuevos verbos,
traspasar los celajes
oscuros de la tarde
y sentir la pasión
de aventuras errantes.
No todo era mentira.
Pero no lo sabíamos.
El tiempo no existía
y el tacto de la vida
era un puro espejismo.
Y es que estábamos presos,
del tiempo y del destino.
La muerte silenciosa,
calladamente pálida,
crecía con nosotros.
Pero no lo sabíamos.

Luzmaría Jiménez Faro