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el cielo
Me dijo que me llevaría al cielo.
Y dijo verdad.
Aquí estoy.
No puedo reprocharle nada.
Cumplió con su palabra.
Salvo por las magulladuras, el orgullo perdido y dos costillas rotas,
por fin estoy en paz.
He llegado a la cima de la desolación.
Hay heridas que no se pueden borrar ni siquiera con la muerte.
Sólo lo siento por aquellos hijos que nunca tuve
y se perdieron entre los golpes de un amor incierto.
Me dijo que me llevaría al cielo.
Pero nunca al cielo de los muertos.

narciso

Es el momento de romper los espejos.
La era de mirarse la sombra.
El eco del silencio redimido.
Las pupilas vueltas hacia la cuenca del latido.
Es el instante de quebrar el narciso.
Ya no queda tiempo para demorarse en la memoria.
Ya no queda tiempo para estilizar el olvido.
Ya no queda tiempo.
Hemos llegado al fondo de la mirada ilusoria.
Es el instante,
el único instante de quebrar el narciso
.

cumplir años siempre

Feliz Cumpleaños, Antonio Santos

Desde que sólo cumplimos dieciocho se nos ha tersado la piel y la memoria.
Incluso la risa se nos ha llenado de jilgueros.
Ayer descubrí que me habían crecido algunas petunias entre las cejas y yo sé que tienes guardados claveles en los bolsillos, esos que sólo sacas en las mañanas radiantes de lluvia y confidencias.
Desde que sólo cumplimos dieciocho se nos ha encogido la angustia y el desánimo
(a pesar que hay días de neblinas persistentes,
desazones envueltas en el llanto
o enmascarados silencios sobre el tránsito del mundo).
Desde que sólo cumplimos dieciocho se nos han alargado las pupilas más allá del paisaje crepuscular del horizonte,
más allá del térreo huerto indeciso en el que un viento frutal nos despeina la sonrisa.
Se nos han agrandado las espaldas por el peso de las intangibles mochilas
en las que guardamos aquellos versos que ya nadie se atreve a recitar por miedo la esperanza.
Y es que no hay nada, amigo, como volver a verse parido cada día
frente al asombro ígneo del ingenuo mundo
para seguir descubriendo que nosotros no pasamos, la que pasa, siempre, es la vida.

mujer y revolucion
Por fin me he hecho militante.
Socia número uno y única.
Un carné para mí sola.
He redactado mis propios estatutos y me he puesto la foto de la Comunión, esa en la que parecía Santa Teresa en su último estertor de éxtasis permanente.
Mañana mismo empiezo una revolución.
El infierno no puede ser más tenebroso que el miedo.
Mañana mismo.
Recién ponga el pie en el suelo y noviembre se cuele por las arterias de la esperanza,
por las articulaciones desvencijadas de la memoria.
Ya lo tengo todo preparado:
los calcetines de la suerte,
el bolígrafo lanza palabras,
un manual de primeros auxilios para las toses del alma
y unas bragas llenas de besos sobre el algodón de la esperanza.
¡¡Temblad tristes del mundo!!
Soy militante.
Mañana empiezo mi propia revolución.

boutonniere-oeillet-creme

Hay personas que son parte del paisaje. Seres que se mimetizan en las esquinas de la memoria. Transeúntes que se expanden sobre el asfalto como vestigios certeros de la vida variopinta. Son esas personas que, aunque muchas veces desconocidas, exhalan el perfume de un camino colmado de luces y sombras a partes iguales. Son los botones perfectos que inundan un jardín de cálidos aromas.

Más allá de la luz o la palabra. Más allá del resplandor mimético de la esperanza. Más allá del tacto o la sonrisa. Más allá...retomando el camino de los claveles sobre la alfombra certera de la muerte.