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urna para cenizas
Hace algunos años descubrí que la vida, a la que yo siempre comparaba con un universo infinito e imperecedero, cabía en un bote de cristal.
Después, en un acto de litúrgica fe pragmática, lo lanzaban desde la cima de un monte, al fondo del océano o en el vertedero ilegal pagado por el ayuntamiento corrupto de un pueblo desdichado y maloliente.
Por más que nos empeñemos, o la tintemos de purpurina, la vida es solo eso:
un acto de fe que va, de polvo en polvo, desembocando hacia el olvido de una suciedad consciente.

Te tengo demasiado olvidada, Mariadiós, pero es que ya me conoces. De aquí para allá; de un sueño a una sorpresa; de un cansancio a una inyección de energía; de una voltereta a un esguince en la memoria...
Cosas normales, acontecimientos rutinarios de un culo inquieto como el mío que, a fuerza de dilatarse, se ha hecho tan amplio que se ha convertido en un nido de cigüeñas celestes.
Y es que a estas edades, querida mía, la que no tiene objetivos nuevos cada día, ya empieza a cavarse su propia tumba, su propio hastío de urnas memorables sobre las cenizas impolutas de una muerte ejemplar.
La perfección no existe, y mucho menos en el ser humano.
(Lástima que lo descubramos a la par que le damos la última mano de barniz a nuestro propio ataúd)