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mirando al mar soñé 2010
Hoy no logro encontrarme los ojos.
Me duelen las pestañas.
Tengo sed de salitre en la comisura de los iris
y un barlovento de enconada desdicha me ronda las pupilas.
Apenas si queda en pie el mascarón del silencio
y emerjo, sobre el naufragio,
con la piel escamada de la esperanza.
Menos mal que tú estás ahí,
dibujando islas,
tímidos arrecifes de paraísos remotos.
Cántame,
así sabré que nada se ha perdido,
salvo el silencio.

Imagen | Justo Oró

personas queridas
Hay personas que caen en tu vida, como sin saber cómo.
Seres gelatinosos que lloran a escondidas, beben leche en tetinas artificiales y vienen a ocupar el espacio de las caricias de tu madre nodriza.
Son esos pelones descarados que te buscan la paciencia y requieren las cosquillas de aquellos arcángeles que dejamos olvidados entre los cuentos de Andersen y la Biblia.
Molestos insectos de nata y mermelada a los que entregas tus besos entre babas indecentes y pañales disfrazados de anarquía.
Son tus hermanos.
Los de leche y sangre.
Los de luz y silencio.
Los que te acogen una tarde de lluvia antes de que llegue la policía.
Y te ofrecen un café y un gato de angora enamorada y unos ojos que siempre dicen que la vida está detrás de una sonrisa.
Hay personas que caen en tu vida, como sin saber cómo.
Hay personas que caen en tu vida.
Hay personas...
el resto es el espejismo de un amor que se queda temblando en la memoria de los dioses idos.

el milagro de vivir
Pues sí Mariantoñita, esta mañana yo también me he levantado insulsa, meditabunda, emergente en mis interioridades más profundas. Como sin sueño y con migrañas, como desencajada y deshonrada, como recién abortada al infame mundo de las palabras ocultas. Después he recordado que me quedaban unas bragas limpias sobre la mesita de los cafés olvidados, dos azucarillos entre los folios y la tinta de las madalenas, y un rotulador de purpurina en la bandeja del horno, como si se hubiera caído aposta para fastidiarme la levadura de la esperanza.
Es que en mi casa pasan muchas cosas raras, tú ya lo sabes.
El armario lo tengo lleno de ropa que no uso, como siempre. De colores que no pegan con mis ojos, ni con mi ánimo. De tallas que se ajustan a veinte décadas anteriores, cuando yo tenía una regla exacta y sin fisuras, es como el mausoleo de mis años prodigiosos donde todo el glamour se ajustaba a unas caderas tan excitantes como invisibles. Ahora, al menos, con veinte kilos de más, se notan desde el extrarradio. Sin embargo, logro vestirme cada día, no me preguntes cómo, son los misterios del milagro.
Del milagro de vivir,
del milagro de esperar,
del milagro de necesitar,
del milagro de entregar,
del milagro de ser pese a todo,
del milagro de seguir siendo pese a nada,
del milagro del recuerdo y la esperanza.
Y aquí me tienes, Mariantoñita, yo hoy, como tú, me levanté vestida con el pijama de la tristeza, pero ha sido oír tu voz en las ondas magnéticas del paisaje de mi alma, y me he mudado los calcetines, para que no se diga que los tengo llenos de patatas y de hormigas.
Todavía nos queda mucho camino por recorrer juntas.
Por cierto... ¿te has cambiado las bragas?... mira que si nos pilla un camión...

Cuando digo amor no hablo de lamernos el instinto a golpes de deseo,
ni desgarrarme la piel ante los hijos paridos,
ni comulgar con ruedas de molino en busca de Dios,
ni siquiera depositar una moneda díscola en la mano de un mendigo.
Cuando digo amor lo digo todo,
y no digo nada.
Las palabras se pierden en la lontananza de los deseos prohibidos
y sólo queda el acto íntimo de la entrega insumisa
ante el feroz aliento de las verdades del alma.
Cuando digo amor te estoy nombrando a ti,
en todo tu universo de fronteras diseminadas sobre el olvido de la carne,
a ti que eres mi hermano,
a ti que eres mi amante,
a ti que ni siquiera sabes que existo
y precisamente por eso te inventas que me amas.
Cuando digo amor
es necesario que me sangren las pestañas.
Después empieza el vuelo, la propia necesidad de llorar a solas
y de masturbarme, a ratos, sobre las fotografías grises de la ignorancia.

Disfrutar del amor, de la vida, de la esencia, del silencio y la algarabía.
Disfrutar del llanto y la sonrisa.
Disfrutar del olvido.
Hacer ovillos con el recuerdo.
Dormir a ratos. Despertar a medias.
Encontrar la luz eterna sobre el rastro intruso de las pesadillas.
Ser efímero y disfrutarlo.
Y parir todos los días con el dolor placentero de la esperanza.
Disfrutar del amor así, sin tiempos ni medidas.
Sin la horca crepuscular del reloj que se nos vuelve efímero entre los bolsillos.
Disfrutar del amor,
de ese hálito imperecedero en el que transita la vida a golpes de lunas nuevas.