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Todos los días se debe recordar algo. El sída, el cáncer, los maltratos, el alzheimer, la pobreza, la salud dental, el turismo o la alimentación. Todos los días, sin olvidar uno del calendario, y siguiendo esta tónica el martes se celebró el día del niño.
Y yo me pregunto ¿es que los niños solo tienen un día?... ¿qué hacemos con ellos el resto del año?... Ya sé: los mandamos a la guerra como parapetos infaustos de las balas perdidas que lanzamos los adultos sobre el odio del mundo. O les cerramos las escuelas, tú por ser niña no tienes derecho. O les robamos el agua para que acaben siendo solo un saquito de huesos en medio de las especulaciones y los buitres capitalistas. También podemos encerrarlos en talleres como cárceles para que nos cosan esas botas de moda a los que solo tienen acceso los famosos de turno. Las niñas semidesnudas en los burdeles, los pequeños mendigando bajo el yugo de la correa y una sociedad que siempre mira para otro lado cuando la tormenta de la conciencia nos acucia el pensamiento.
¿Qué hacemos con los niños el resto del año?... ¿Qué hacemos con el futuro?... ¿Qué hacemos con la vida?...
Sólo a través de la mirada transparente de la infancia, de la feliz algarabía de su sonrisa, podremos encontrar la llave eterna del amor universal. El resto siguen siendo pasos inútiles hacia el fondo de una humanidad ahogada en su propia podredumbre.


Definitivamente no hay palabras.
Parece que están, que se intuyen y adivinan.
Pero son solo un holograma saltando de la mesa al sofá que se agazapa entre los cojines o asoma sus orejitas de tildes enredadas en los fideos y en la crema de calabacín con tintes de agónica ternura.
No están.
Son un espejismo de los días azules de la memoria.
La clarividencia fugaz de las noches en vela.
El letargo definitivo de la herida que supura un volcán de silencios inmensos como legados íntimos de una apatía decadente.
La palabra ya no existe y esta casa, sin la voz, es un féretro que anuncia muertes precipitadas.

Éramos doce mil. Después de mucha lluvia la mañana amaneció radiante, como recién nacida al vientre de la esperanza. Una leve brisa de pasiones ocultas ondeaba las banderas que teñían de fuego el pálido paseo otoñal.
Éramos doce mil pero podríamos haber sido muchos más.
Un legión sin nombre, sin sello político y con la voz suficiente como para escalar montañas de desordenada apatía. Aquí estamos, los que todavía creemos en la verdad basada en la honradez, los que no queremos ser silenciados por la tiranía corrupta de un poder enmascarado en promesas incumplidas.
Éramos doce mil pero somos millones.
Ojos y bocas destinados al dolor de la injusticia, manos yermas que sólo encuentran vacíos inconclusos al final de la jornada, pies saturados de caminar en círculo hacia las fuentes secas del olvido.
La avenida abrió sus puertas y el viento del otoño entró despeinando las madejas del recuerdo. Eran mis abuelos, mis padres, los abuelos de mis abuelos y aquellas madres vacías que se quedaban llorando en las cunetas sin nombre donde los hijos se pierden, para siempre, bajo las losas de la intolerancia.
Éramos doce mil pero toda nuestra historia, en un cántico preciso de libertad, nos acompaña en silenciosa algarabía.

Llegado el otoño, y más allá de las ventanas lluviosas, los parques mojados y los columpios vacíos de risas infantiles, Elda instala su alfombra roja para mostrar los pies más esperados de este año. Pies altivos, elegantes, que caminan con paso firme, que dejan una huella imperecedera de creatividad lozana e inteligencia sublime.
Pies femeninos que asoman, ufanos, sobre tacones vertiginosos, buscando el equilibrio eterno entre la altivez celeste y el abrigo del suelo.
Pero más allá de la elegancia suprema, la calidez del dúctil cuero o la armonía de la estatura, está el colorín, la esencia irrespetuosa y profana de nuestra educación chabacana y ridícula, la irrelevante necesidad de coronar dioses en un mundo de hambrunas eternas donde el que más se pasea por la prensa rosa es el más popular.
A la duquesa le sobran los zapatos, le han sobrado siempre, ya solo desea suelas para seguir pisando un mundo elegido solo para ella, para la conveniencia fugaz de los de arriba, para los apellidos engolados y decimonónicos, que siguen llenando el espacio vital de la sed, con fotografías difusas entre cardados extravagantes y arritmias perfectas en los brazos del último amante.
Seguimos siendo la España de charanga y pandereta que no termina de salir de su enclaustramiento. Los tiempos no han cambiado tanto y, casi después de un siglo, las palabras del poeta Antonio Machado, siguen estando más vigentes que nunca:
“Nuestro español bosteza.
¿Es hambre? ¿sueño? ¿hastío?
-Doctor, ¿tendrá el estómago vacío?
-El vacío es más bien en la cabeza.”